Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Albaneses

LAS vacaciones en el quinto pino vienen bien para quedarse huérfano de televisión con acento español. Eso sí, el único cordón catódico que te ofrecen los hoteles es el canal internacional de TVE, que te hace sentirte como un ciudadano de la Albania maoísta. Es tan infumable la programación, entre películas endebles, documentales y concursos con Carlos Sobera, que uno acaba comprendiendo a Gasol: el mundo entero puede acabar compadeciendo a tu país a tenor de la imagen que damos cada día a través del satélite.

Los Juegos Olímpicos vinieron a animar esa ventana exterior. La odisea pequinesa dio la oportunidad a nuevos comentaristas que ocupaban las sillas de venerables prejubilados como Luis Miguel López, Gregorio Parra o Pedro Barthe. Relevando a este en el baloncesto, el voluntarioso Arsenio Cañadas hacía añorar al mismísimo Andrés Montes, respaldado por un Romay de comentarios sin gracia y análisis primarios ("va, va, va", jaleaba machaconamente el elevado bailarín). Fue un despliegue raquítico para el deporte que estaba llamado a amasar multitudes. Les faltaba personal. Otros retirados en el micrófono, como Álex Corretja o Perico Delgado, menos mal, saben aportar su experiencia y regalaban atinadas anticipaciones y reflexiones, para nutrición de los espectadores mañaneros.

Lo insólito que suscitan los Juegos televisados son esas inesperadas pasiones nacionales que hacen pegar a la pantalla varios millones de españoles para seguir un duelo de esgrima, una sesión de halterofilia o de natación sincronizada. Audiencias impensables en otras circunstancias. Una medalla de latón local arrastra más que todos los tesoros dorados del bacalao de Phelps.

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