La ciudad y los días

Carlos Colón

Alegría, felicidad y bienestar

SEGÚN la Real Academia Española, la palabra alegría designa el sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores, o las palabras, gestos y actos con que se expresa el júbilo; pero también una forma de irresponsabilidad o ligereza. Parece que el sentido propagandístico con que está utilizando esta palabra el PSOE en su campaña electoral tiene más que ver con la tercera acepción que con la primera y la segunda. Porque tomarse las cosas con irresponsabilidad y ligereza es confundir, por un lado, la alegría con la felicidad y ésta con el bienestar; y, por otro lado, lo que corresponde hacer a los gobernantes con lo que pertenece a la vida privada de los ciudadanos.

Si la alegría es la expresión con signos exteriores de un júbilo, la felicidad -siempre según la RAE- es un estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien, mientras que el bienestar se refiere al conjunto de las cosas necesarias para vivir bien y a la vida holgada o abastecida de cuanto conduce a pasarlo bien y con tranquilidad. Conviene no confundirlas.

Corresponde a los gobernantes ocuparse más del bienestar de los ciudadanos que de su alegría o su felicidad, cosas que corresponden sobre todo a la esfera de lo privado. Se supone que lo primero (el bienestar) puede crear condiciones que faciliten u obstaculicen lo segundo y tercero (la alegría y la felicidad); pero difícilmente se puede aceptar que nuestra alegría o felicidad personal dependan en una democracia del partido que gobierne. Pretenderlo tiene un tufo, en el mejor de los casos, despótico.

Como herencia del Despotismo Ilustrado, a veces se ha identificado la felicidad y el bienestar con la tarea de gobierno, como, por ejemplo, hacía la Constitución de 1812 en su artículo 13: "El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen". Aunque hay que matizar que felicidad tenía entonces un sentido objetivo y colectivo, no sólo subjetivo y personal, y que la Constitución la supeditaba al bienestar logrado por el "buen gobierno y recta administración del Estado".

Ocúpense, pues, quienes gobiernan en que dicha recta administración procure el bienestar de los ciudadanos, proporcionándoles una educación, sanidad, seguridad, empleo y vivienda dignos, y dejen la alegría y la felicidad de su cuenta. No vaya a ser que pensemos que la alegría que defienden es la que tiene que ver con la irresponsabilidad y ligereza con que en estos cuatro años se han abordado la lucha contra el terrorismo o los estatutos autonómicos.

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