fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Alineación planetaria

ESTA mañana, una hora antes de que saliera el Sol, las tres grandes pirámides de la plataforma de Giza en Egipto han estado alineadas exactamente con los planetas Saturno, Venus y Mercurio. Este fenómeno, nos informan los astrónomos, sucede cada 2.737 años. Y viendo las fotos publicadas, tanto en alzado como en planta, impresiona que este fenómeno de alineación tenga lugar con una precisión geométrica tan asombrosa. Mercurio sobre el vértice de la pirámide de Keops. Venus sobre el vértice de la pirámide de Kefren. Saturno sobre el vértice de la pirámide de Mikerinos. Y surgen los interrogantes clásicos: ¿la posición de las pirámides entre sí es deliberada, buscando esta alineación? ¿Responden a un plan maestro? ¿Tenían los antiguos egipcios en el año 2.570 antes de Cristo, fecha de la finalización de la Gran Pirámide de Keops, los conocimientos de astronomía necesarios para situar tres puntos en el plano con tal precisión.

La verdad es que cuando uno está en Giza, al pie de las pirámides, siente la poca importancia de muchas de las cuestiones que nos preocupan a diario. Allí se manifiesta una voluntad y una decisión que nos supera. Todo lo que hemos considerado nuestro gran hallazgo, el pensamiento científico, expresado por las observaciones de Galileo Galilei por medio del telescopio, quedan disminuidas ante la obra de las pirámides. Y si por un momento podemos considerar que su posición y tamaño están determinados por un cálculo astronómico, nuestra realidad cotidiana se convierte en algo muy pequeño. Más aún cuando nuestros conocimientos actuales todavía no explican esa realidad incontestable.

Hemos pensado durante siglos que el hombre era el centro del universo. Sobre esta realidad se edificó el pensamiento escolástico, heredado de los filósofos griegos. El hombre centro de la Tierra y la Tierra centro del universo. Pero Galileo nos dijo que la Tierra no era el centro del universo. Y que el Sol estaba fijo. Que la Tierra y los planetas daban vueltas a su alrededor. Esa afirmación le costó un juicio de la Inquisición. Hoy sabemos que Galileo llevaba razón. Y abrió el camino de la era científica. Pero aún así, hemos pensado que la hegemonía de Europa, de nuestra forma de vivir, prevalecían sobre el resto del mundo. Y que España, desde nuestra incorporación al proyecto político europeo, tenía garantizada la posición destacada entre los países dominantes. Y que así sería siempre.

Hoy sabemos que no. Un ligero ejercicio nos devuelve a la realidad. Busquen en internet un mapa mundi editado en China. Observarán que el centro del plano está ocupado por el Océano Pacífico, a la derecha se sitúa el continente americano y a la izquierda, en un extremo, una pequeña península acoge a España y Portugal. Ése es nuestro auténtico lugar en el mundo de hoy, una vez definida la nueva centralidad. El siglo XXI nos recibe con una nueva realidad. Y habrá que acostumbrarse y actuar en consecuencia. Para que la historia no nos juzgue duramente, como a aquellos que se negaron a aceptar las teorías de Galileo. Nada volverá a ser lo que fue.

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