La ciudad y los días

Carlos Colón

Alma de Baratillo

CONFORME se van cumpliendo años tememos tanto como deseamos que lleguen las fiestas que más amamos, por la velocidad con que se nos van de entre las manos. Ya sé que es el nuestro, y no el pulso de los relojes, el que se acelera; porque la corriente del tiempo, como la de los ríos, corre más cuanto más se acerca al despeñadero. Ya lo escribió el último Juan Sierra: "Aquí estoy, sometido al tiempoý Aquí estoy, al borde del finalý". En el tiempo ordinario las acogedoras rutinas cotidianas nos dan la engañosa sensación de que unos días son iguales a los otros, y la vida, un viaje por un paisaje llano de horizonte ilimitado, sin árboles ni postes que den idea de la velocidad con que avanzamos. Las fiestas irrumpen en él como montañas, postes o árboles que, al pasar tan fugazmente junto a nosotros, nos recuerdan la velocidad creciente de nuestro viaje a través del tiempo. En nuestra infancia y juventud, cuando la vida parecía ilimitada, unas Navidades o una Semana Santa eran una vida entera. Hasta de aburrirse daba tiempo, en aquellos días inmensos. Pasados los años, las fiestas llegan por sorpresa, nos atropellan sin miramientos y nos dejan heridos de recuerdos.

Cuando se le tenía menos miedo a la muerte, y por ello no se la negaba, se cantaba aquel villancico entre mañaresco y existencialista que decía: "La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va. Y nosotros nos iremos, y no volveremos más". Pues eso, que ya están aquí los Magos; que ya se han ido; que ya llega la noche triste del día seis con sus contenedores llenos de las cajas vacías de juguetes que esa misma mañana -¿es posible que fuera esa misma mañana?- se abrieron con tanta ilusión; que ya el oro de la túnica persa del Señor se ha convertido en severo paño morado; que ya los polvorones se nos hacen ceniza en la boca; que ya está aquí la Cuaresma; que ya se ha ido; que ya danza en repique de campanillas la palmera de la Borriquita en la Campana; que ya se pone el sol, aunque sea mediodía, en la Resolana; que ya vuelve la Soledad por Cardenal Spínolaý

¡Qué quieren que les diga! Mañana por la noche se me queda el alma de Baratillo, como muerta en los brazos de Sevilla, esperando la resurrección de la luz creciente, las convocatorias de cultos en las puertas de las iglesias, la pancarta de la tienda de túnicas de nazareno en la embocadura de San Esteban, el baile de capirotes en Alcaicería, las primeras parihuelas desnudas que veamos al entrar en una iglesia, los nazarenitos en el escaparate de La Campana, la vigilia del azaharý En el regazo de Sevilla, por piedad y misericordia de la ciudad, espero.

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