Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Almanzores de pacotilla

GUARDO un recuerdo maravilloso de mis tres viajes a Marruecos. De la hospitalidad de su gente, el amor que le profesan a todo lo español (nos quieren conquistar, en el sentido más sentimental del término), el inmenso patrimonio común que nos une y las espléndidas diferencias que nos separan. Hice un viaje a Ouarzazate, a la zona de los bereberes. En la expedición venía el colega y amigo Paco Gil Chaparro, a quien retuvieron en el aeropuerto de Casablanca. No había llegado la alianza de las civilizaciones y yo le dije de broma que el servicio de información marroquí había detectado que su tío era canónigo de la catedral de Sevilla. Fui otra vez con el gran Pepe Guzmán para inaugurar un vuelo Casablanca-Sevilla en puertas de la Expo, aventura aérea rematada con pitanza simpar en La Mamounia, el restaurante del pabellón de Marruecos en la Cartuja. El tercer viaje me regaló la estampa inusual de ver la ruta del Toro cubierta por la nieve: copos de nieve en el puerto de Tarifa, donde cogimos el barco, y hasta en Fez, nuestro destino, cuna de la Universidad más antigua, ciudad a la que fuimos a jugar un partido de fútbol contra periodistas de Marruecos. Fue cuando me aficioné a Tahar ben Jelloum, novelista de Fez autor de la espléndida novela Oración por el ausente.

No reconozco a aquellos anfitriones, a las gentes que conocí en la medina, en los numerosos viajes por el interior del país, en ninguno de esos alborotadores que se han asomado a la frontera de los telediarios para acusar a la Policía española de racista y animar al boicot de la entrada de mercancías con destino a Ceuta y Melilla. No imagino un ruido similar a la inversa como no fuera de un grupo de incondicionales de Blas Piñar, de una España rancia, pasada de rosca que paradójicamente sentía la misma fascinación rayana en la tontuna por ese país que ahora sienten los paladines de lo políticamente correcto, querubines de lealtades. Esos lenguaraces reivindicativos, almanzores de pacotilla, tienen menos literatura que un domador de lemures. Dominan los tiempos, ciertamente, la siesta que nuestro país vive en lo que se refiere a la defensa de su propia identidad; dominan el idioma, un hecho que me llamó la atención en mis tres visitas a Marruecos: aquí el árabe se estudia, allí el español se habla.

Todas las fronteras son conflictivas y sugerentes. No hay más que volver a ver Sed de mal de Orson Welles para reconciliarse con Charlton Heston por las calles de Tijuana. Pero estos chavales han llegado demasiado lejos. El día que la Policía marroquí proceda a interrogar y expatriar a un grupo de náufragos españoles que lleguen exhaustos tras cruzar el Estrecho de Gibraltar huyendo de la represión y buscando nuevas oportunidades, entonces hablamos.

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