Desde el fénix

José Ramón Del Río

Alta velocidad

PRIMERO, con el teléfono, después con la televisión, y ahora, con internet, el hombre ha conseguido que sus palabras, imágenes y escritos, sean oídas, vistas y leídos nada más pronunciarse, grabarse o escribirse. Por tanto, para estas transmisiones, la distancia no cuenta, de manera que es indiferente que los interlocutores, espectadores o lectores esté físicamente en el mismo lugar o separados por miles de kilómetros. Es el espacio el camino por el que llegan las palabras, las imágenes o los escritos y, por tanto, este camino no tiene una realidad física que pueda ser aprehendida. Sin embargo, el hombre para desplazarse de un lugar a otro, necesita de una estructura física, real y consistente. Desde la marcha a pie, hasta el transporte por avión, se han ido produciendo paulatinamente acortamientos en el tiempo, para recorrer la misma distancia, y han sido las caballerías, las bicicletas y, sobre todo, los automóviles, los que han permitido reducir la duración de un viaje.

No me he olvidado del tren, sino que lo trato por separado, porque, precisamente, voy a escribir de los trenes de alta velocidad. Como saben, acaba de ponerse en servicio, en la línea de ferrocarril Madrid-Cádiz, un nuevo tren llamado Alvia, al que ya le han puesto mote: El pato, y que se supone que recorre la distancia de 600 kilómetros en 4 horas 30 minutos, a una velocidad punta de 250 km/hora. Con ello, si no un AVE puro, tendremos en estos pagos otra ave (el pato) con la que nos conformamos. Yo recuerdo que el expreso Cádiz-Madrid salía con puntualidad a las seis de la tarde y después de una larga noche y de la parada en Alcázar de San Juan, para desayunar en la fonda el café con leche y las tortas del lugar, dispuestos en las largas mesas de mármol, se llegaba a Madrid, sobre las once de la mañana, con inveterada impuntualidad. Mi récord de tiempo en viaje fue cuando la Marina de Guerra me pasaportó un caluroso septiembre de 1955, desde San Fernando a Madrid, y viajamos en aquellos coches de tercera clase, durante más de 24 horas, turnándonos en los asientos de madera, porque los pasajeros éramos más que las plazas.

Ahora, con el nuevo tren, se nos ofrece un viaje de pocas horas, en cómodos asientos, con aire acondicionado, hilo musical, película y cafetería, pero la Renfe sigue siendo la Renfe, y el viaje de inauguración, con las autoridades a bordo, se salda con un retraso de 38 minutos, y en el viaje del día siguiente el retraso es de más de una hora. No se lo vamos a tener en cuenta, porque debemos ser generosos, ante la felicidad venidera. Tan sólo que hubiera sido más prudente que las autoridades esperasen a viajar y a convocar a los medios de comunicación, cuando el pato decida ser puntual.

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