la ciudad y los días

Carlos Colón

'Amarcord' Valdivieso

RECUERDOS a propósito del paseo sevillano que Enrique Valdivieso se daba ayer por las páginas de este periódico. Fui alumno del primer curso que impartió en la Universidad de Sevilla. Su llegada en 1976 al querido y viejo Laboratorio de Arte -¡cómo echo de menos sus patios desde la Cartuja!- fue el símbolo de la Transición para los estudiantes de Historia del Arte. Le tocó darnos Historia del Arte Moderno y Contemporáneo. El manual que recomendó era el de Giulio Carlo Argan, que sería alcalde de Roma -el primero de izquierdas desde el final de la guerra: progresista y por ello conservacionista- cuando llegué en 1979 para disfrutar de mis tres años romanos. Tuve ocasión de tratarle en las charlas a las que el padre Sopeña, entonces director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, invitaba a intelectuales y artistas italianos y españoles para que convivieran con los becarios y pensionistas. Argan era un compañero de camino de la mejor tradición comunista italiana, es decir, la humanista heredera del gran Antonio Gramsci.

Recomendar como manual el libro de Argan en aquella facultad que aún se nutría de manuales amarillentos y filminas en desvaído blanco y negro retrata a Valdivieso. Representaba su voluntad de llevarnos más allá del concurso de identificación de edificios y de cuadros en que consistían los exámenes, y del repertorio de nombres y fechas a los que se reducían las clases. Fue para los alumnos de Historia del Arte lo que Patricio Peñalver pudo ser para los de Filosofía o Alfonso Lazo para los de Historia Universal, por citar a dos maestros de los que fui alumno en comunes.

Enrique se apuntó a nuestro viaje fin de carrera: más de 5.000 kilómetros en autobús para visitar Génova, Pisa, Roma, Florencia, Venecia, Milán y Turín. Un gesto heroico. Gracias a don Enrique Sánchez Pedrote ya había iniciado mi tesina de licenciatura y viajado a Roma para entrevistarme con Nino Rota y Fellini. Enrique, que amaba el cine, estaba por aquel entonces enloquecido -como todo el mundo- con Amarcord, que se había estrenado un año antes en España tras haber estado prohibida. Así que, abusando de su inagotable bondad y amabilidad, logré que Nino Rota nos recibiera en su casa. Enrique estaba tan emocionado que, cuando su secretario abrió la puerta, se abrazó a él exclamando "¡maestro!", "¡maestro!". Después Rota nos invitó a cenar en el restaurante del teatro en el que actuaba Pupella Maggio -la inolvidable madre de Amarcord-, a la que saludamos en su camerino. De eso hace ya… Más vale que lo dejemos. Empieza a sonar el acordeón del ciego de Amarcord y nos vamos a poner tristes.

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