Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Amarillo

ESTÁN con nosotros desde hace casi 18 años, cuando aparecieron un miércoles de enero por la noche en un olvidable Es Tres, con Loles León, Bibí y Rossy de Palma, en aquella Segunda Cadena del 91 que, sin audímetros, tenía un 25 por ciento de cuota. Eran otros tiempos y ellos eran algo nuevo que en principio desconcertó al personal. Hubo que verlos poco a poco. Nacieron modernos y son eternos contemporáneos porque son unos clásicos en vida: a Los Simpson aún les aguardan, como mínimo, tres temporadas más. Ya han empatado, a 20 tandas (421 capítulos) con la serie más longeva de la historia, La ley del revólver (qué antiguos aquellos vaqueros que se batían en Todo es posible en domingo), y se aproximarán al cuarto de siglo en la pantalla. Surgieron hace 21 años en El Show de Tracey Ullman, la mejor humorista del país de Homer con permiso de Tina Fey-Palin, y es improbable que en los próximos diez años se vayan a caer de la programación de Antena 3, donde siguen acudiendo a diario casi tres millones de personas. Nos queda muchas raciones de plasma en amarillo. Sus repeticiones multiplican por cuatro las de la muerte de Chanquete porque el humor no sufre tanto desgaste como el lagrimeo. Y lo que te rondaré por el Badulaque.

Uno de los grandes valores de Bart y compañía es su academia de buen humor. Los Simpson son una enciclopedia audiovisual de la ironía, del doble sentido, de la parodia, de sazonar ácido o ternura, y de cómo reírnos de todo sin caer en lo previsible. Los mundos paralelos de Springfield están en nuestra propia ciudad. Bueno, durante los seis últimos años la serie se ha vuelto más mecánica, fácil, como una sucesión de chistes, sin esos entrelazados redondos de los primeros años. Se lo aceptamos. Los hijos de Groening ya son más que una serie. Son parte de nuestra familia.

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