Roberto Pareja

Amnesia, aldeanismo, nombres...

Algunas catástrofes tienen nombres propios, como los huracanes, los ciclones o las tormentas tropicales, bautizados con alias que resultan hasta simpáticos (Katrina, Mitch, Gustav, Rita, Wilma...) a despecho de sus devastadores efectos. No es una frivolidad de la comunidad científica, sino pura metodología para trabajar sobre ellas. Otras desgracias son de paternidad exclusivamente humana y nada terrenales, fracasos colectivos de la sociedad que no tienen nombre, como el drama de la inmigración ilegal y el de los porteadores de la intolerancia que acarrea.

Una calamidad edificada sobre tres pilares: las personas dispuestas a todo tipo de sacrificios y concesiones (incluso a su propia dignidad) por mejorar su vida y la de los suyos, las personas (personajes) dispuestas a lucrarse a costa de esos productos de la desesperación y, finalmente, el grueso: los que miran (mejor eludir la primera persona del plural para que nadie se enfade) para otro lado en aras de que su conciencia siga tan inmaculada como la de un bebé; todos esos que hacen la vista gorda con los excesos policiales contra los inmigrantes que están saliendo a la luz en Madrid, que esto de ir de cacería está haciendo afición.

Al turrón: España tiene una población inmigrante de cinco millones y medio de personas, más allá del 11%. ¡Las vueltas que da la vida! Atrás quedan los tiempos en que manolitos y pepitos se buscaban la vida en Suiza, Alemania... o hasta al otro lado del charco. Ahí está el dato de los 330.000 electores residentes en el exterior en las elecciones gallegas del 1 de marzo (en las vascas también se deja notar la diáspora, aunque por una razón muy distinta, que obedece a ese demonio cincuentón de las tres letras que ha obligado a tantos amenazados a poner tierra de por medio).

A lo que íbamos: marroquíes, rumanos y ecuatorianos son, en este orden, los principales nutrientes del censo de inmigrantes. Un aluvión que ha producido efectos benéficos, como el de elevar una tasa de natalidad que amenazaba ruina, o como aumentar los ingresos de la Seguridad Social y que hacen una aportación neta a la caja del Estado mayor que la de los propios españoles, puesto que la población dependiente extranjera (menor de 15 años y mayor de 65) asciende al 19%, un porcentaje que llega hasta el 30% entre los nacidos aquí.

La otra cara de la moneda es que se conforman con poco (a muchos les basta con sobrevivir) y los salarios, sobre todo en la construcción, han ido menguando hasta el punto de que parte de la clase media-baja española se siente dañada y amenazada por los inmigrantes que colman sus barrios. El CIS reveló hace tres meses que un 54% de españoles admite que en este país se discrimina por razones étnicas o raciales y que un 44% quiere una sociedad en la que la gran mayoría comparta origen, cultura y religión. ¡Santiago y cierra España!, les falta añadir a éstos.

La amnesia es lamentable y el aldeanismo, sangrante. A pesar de los pesares, hay personas que se mueren (efectiva y literalmente) por trabajar (honradamente) en este país. Que algunos pacatos les reciban con mala cara por ser diferentes no tiene nombre. Y que los guardianes del orden parezcan más preocupados del top manta y demás que de los golfos de cuello y nariz blancos, pues tampoco.

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