La crónica económica

Gumersindo Ruiz

Anatomía de una crisis

RESULTA cada vez más difícil escribir sobre economía, lo cual puede parecer una paradoja visto lo mucho que cada día se escribe y lo fácilmente que se opina. Sin embargo, nadie es capaz de anticipar el movimiento de los mercados, y si leemos las interpretaciones de hace un año casi nadie advertía las amenazas que se han materializado en unos pocos meses. Hoy, las opiniones parece que se dejan llevar por los nervios del momento. En Bowling for Columbine, la película de Michael Moore contra la posesión de armas en Estados Unidos, se decía que la gente, estimulado su miedo por los medios de comunicación, disparaba fácilmente. En este sentido, la presión de bancos de inversión, empresas, políticos y comentaristas de todo tipo sobre la Reserva Federal haciéndole bajar los tipos de interés un 0,75, se ha interpretado como una reacción desproporcionada que podría añadir aún más incertidumbre. Se está creando una situación de pánico que haría cierta la sentencia de Aristóteles en su Retórica: "Lo que está en disposición de ocurrir y hay voluntad de que ocurra, ocurrirá".

Dejando a un lado, a pesar de su importancia, la crisis financiera y de crédito, hay dos cuestiones que merecen una reflexión. La primera es la fuerte intervención de los poderes públicos. En España, las ayudas tienen como función principal apoyar al sector de la construcción mediante subvención al alquiler, disponibilidad de suelo y licitación de obra pública. Por otra parte, el Instituto de Crédito Oficial cuenta con 7.275 millones de euros para apoyar la financiación de la empresa. En Estados Unidos, además del paquete de medidas fiscales, se está ayudando también a la vivienda facilitando el pago de hipotecas y fortaleciendo las garantías de las aseguradoras de los bonos que tienen como respaldo esas hipotecas. Los gobiernos de algunos países asiáticos, con la excepción de Japón, están sosteniendo los mercados a través de fondos de pensiones y de inversión estatales.

Esta intervención pública muestra la intención de no dejar caer la economía, ni financiera ni real, y abre un nuevo debate acerca de si es posible o no interpretar la realidad económica cuando las crisis son, en buena medida, causa y efecto de esa intervención de gobiernos y bancos centrales. Quizás no ahora pero sí en algún período de estabilidad, haya que plantearse que los crecimientos no pueden ser tan continuados ni tan fuertes; que el crecimiento anormal de los beneficios empresariales puede llevar a la conclusión errónea de que las bolsas no están caras y propiciar las alzas excesivas de los últimos cinco años; que la economía no puede basarse indefinidamente en el consumo del mismo tipo de bienes y servicios; que la forma de distribución global entre países lleva a una presión sobre materias primas y al final de una época de precios bajos; que las ganancias de productividad derivadas de tecnologías de la informática y comunicaciones se agotan. En suma, los desequilibrios de las economías nacionales, y sus reflejos internacionales, requieren alguna atención, y no sólo actuaciones de urgencia ante una economía que parece estar permanentemente en situación de urgencia.

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