Opinión

Luis Carlos Peris

Anchoa, que estás en los cielos

Engrandeció el 92 desde su autoridad deportiva y en ese mismo 92 encontraría la felicidad en la persona de una almeriense culta, bondadosa, guapa, generosa, una mujer de una vez que atiende por María Luisa y que ha sido el ancla al que Anchoa se agarró hasta que ya no pudo más. Aguantó hasta la amanecida de ayer, que era miércoles como miércoles era el día que él tenía a bien convocarnos para reunirnos a orillas del río.

En la muerte de José Antonio Muñoz, Anchoa en el mundo y para el mundo, los recuerdos se me agolpan, los adentros se me rompen y se me destroza el alma. La memoria se va como un potro desbocado hacia las vivencias que a todos nos proporcionaba el que quizá haya sido el líder de la generosidad en ese nuestro universo de tanta gente como apenas merece la pena.

Anchoa se nos ha ido tras una durísima lucha por la vida y deja un hueco difícil de ocupar para los que compartíamos el gusto por una tertulia que ya no creo que tenga futuro. Enrique Osborne, Pablo Blanco, José Antonio Sánchez Araújo, Pepe Gago, Alberto Morales, Luis Gómez y un servidor de Dios y de usted sentimos a estas horas un sentimiento de orfandad muy doloroso. Y es que cuando el amigo auténtico se va nos deja inanes, estupefactos, rotos por dentro y destrozados por fuera.

Sevillano del Porvenir se rompía ante la blancura de su Virgen de la Paz y de su querido Sevilla Fútbol Club; políglota hasta la exageración, había llevado la marca Sevilla por todo el mundo. Quiso un día que el Guadalquivir, su segunda casa, fuese como un consulado del Támesis y logró que algo tan autóctono como una Betis-Sevilla compitiese con esa Cambridge-Oxford pionera de las competiciones fluviales que en el mundo han sido, son y serán.

Llevó el nombre de Sevilla al corazón de Manhattan llenando su maratón de gente de Sevilla, impulsó el CAR en clara demostración de sus dotes organizativas y supo capear el toro astifino de la mendacidad política hasta caer extenuado y enfermo. Una enfermedad que ha ido arrinconándolo mientras él se resistía a machetazo limpio con la ayuda de un ángel que un día se vino de Almería a trabajar en la Expo. Y ahí, mientras abrillantaba la parte deportiva de la Muestra encontró la felicidad junto a María Luisa y el regalo de Blanca y de Ana. A todos ellos y a Ignacio, su primogénito, mi más sentido pésame. A ver cómo recomponemos esto, queridos tertulianos.

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