La tribuna

amparo Rubiales

Andalucía, protagonista de su historia

TODOS los países, naciones, pueblos o territorios tienen una fiesta nacional propia que representa algo importante en su historia y que se conmemora año tras año, en recuerdo de diferentes efemérides, religiosas muchas o laicas, éstas menos en España. El peso de la religión ha sido, está siendo, tremendo entre nosotros, sin que consigamos tener capacidad para entender que la laicidad es la única manera de respetarnos los unos a los otros, en nuestra pluralidad de creencias y en nuestra diversidad de circunstancias. En nombre de Dios la humanidad ha matado y sigue matando, y creo que, cualquiera que sea el dios de las diferentes creencias, no puede querer que triunfen sus ideas matando para ello a las personas.

"De todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España/porque termina mal", escribió Jaime Gil de Biedma, en un poema emocionante, que ojalá no se cumpla y logremos que no sea cierto. Nuestra triste historia ha dificultado incluso tener una fiesta nacional aceptada con normalidad. ¿Es el 12 de octubre, conmemoración del descubrimiento de América? Así está declarado, pero aún queda la memoria de cuando se denominaba Día de la raza en el franquismo, y, por eso, no terminó nunca de ser asumida por una parte de la ciudadanía. El 6 de diciembre, día de la Constitución, debería ser nuestra fiesta nacional, porque ese día conseguimos una democracia parlamentaria normalizada, poco habitual en nuestra historia, pero está pegada la Inmaculada, día 8, y se ha convertido en la semana del puente vacacional.

Es necesario conocer la historia para aprender de ella. Por eso es tan importante recordar que Andalucía sí tiene un día de fiesta propio, el 28 de febrero, porque ese día, en 1980, conseguimos que, por primera vez, Andalucía lograra ser protagonista de su historia. Nuestra autonomía nació y creció con muchas dificultades políticas, económicas y sociales. La situación era dura, el terrorismo etarra se incrementaba, se produjo un intento de golpe de Estado el 23 de febrero del 81, había una grave crisis del partido gobernante, la UCD, se hicieron los pactos autonómicos del 82 y nuestra tierra soportaba las consecuencias de su secular subdesarrollo. Pero no quebraron nuestra voluntad de ser reconocidos como pueblo en las mismas condiciones que los demás, manifestada en aquel 28 de febrero, que fue una expresión de rabia democrática, de rechazo a un centralismo de siglos que nos había marginado y, sobre todo, de deseo de salir de esa condena del subdesarrollo que necesitábamos quitarnos de encima. Fueron muchos los factores que explican la intensidad creativa del proceso autonómico andaluz que ha marcado para siempre el sentimiento de andaluces y andaluzas.

El proceso seguido ha sido de cambios muy profundos, aunque aún pervivan demasiadas dificultades y graves problemas, pero hemos avanzado mucho, sin haber hecho nunca dejación de nuestros derechos y sabiendo mantener nuestra pulsión reivindicativa con esa España que todavía nos define con los tópicos más vulgares y lamentables de siempre. Ya no somos la tierra de los señoritos, aunque haberlos, haylos. Hemos cambiado, menos de lo que quisiéramos y sería de justicia, sin duda, pero tenemos educación y sanidad públicas de las que carecíamos, se protege la dependencia, tenemos muchas universidades, innovación y desarrollo, infraestructuras, conseguido todo, y más, con un esfuerzo considerable de un pueblo que todavía sufre las consecuencias de siglos de marginación y pobreza.

Los críticos momentos en que vivimos invitan a cualquier cosa menos al triunfalismo, porque hay demasiada gente que lo está pasando muy mal, porque parece, en palabras de Joaquín Estefanía, que "la pobreza, la desigualdad y la exclusión social devienen en estructurales. Parece ya que es lo normal", en España y en Europa.

La Andalucía marginada no existe, y cuando quieren arrebatarnos lo que nos pertenece gritamos, con nuestro instrumento, la autonomía, que ganamos aquel 28 de febrero. Tres referéndums hicimos para conseguirla, algo que no hizo ninguna otra. ¿Se atreverán todavía a negar nuestra condición de comunidad histórica? No somos más que nadie, pero tampoco menos.

El 28 de febrero marcó el conjunto de lo que sería la organización territorial de España, uno de nuestros seculares problemas de convivencia, que aún permanece. El modelo autonómico es un modelo abierto, que, después de 37 años, hay que cambiar para dar respuesta a los nuevos problemas sociales. La solución es el Estado federal, en el que Andalucía tiene que seguir siendo protagonista del cambio constitucional necesario. Hoy contamos en España y rechazamos ese centralismo pernicioso que tanto daño hace todavía. El 28 de febrero, del que tantos no quieren acordarse, ejercimos, constitucionalmente, nuestro derecho a decidir y no vamos a renunciar a él nunca. Somos ya protagonistas de nuestra historia, con voz propia e influencia política en España.

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