El poliedro

José Ignacio Rufino

Año II d.c.

DESDE agosto de 2007 -el momento cero de la crisis en curso- estamos tan ávidos de buenas noticias económicas como acostumbrados a las malas por el procedimiento de urgencia. También estamos hartos de los brotes verdes y de alguna otra expresión omnipresente; estamos descreídos de la lírica vacua de políticos atribulados y desorientados. Y en esto, en pleno agosto del año segundo después de la crisis, surgen por fin datos positivos, y no en forma de metáforas, sino en forma de crecimiento del PIB, el indicador universal a partir del cual realizar el diagnóstico y el pronóstico de una economía. Pero la alegría va por barrios, y en el nuestro no hay motivos para echar las campanas al vuelo.

Francia y Alemania, las economías más grandes de la Europa comunitaria, parecen erigirse de nuevo en locomotoras del tren europeo: supimos antes de ayer que sus economías vuelven a crecer, tras varios trimestres de caída en picado. España debe confiar en que la resurrección del eje franco-alemán tenga efectos benéficos en una economía como la nuestra, grande pero periférica, y con la rodilla en tierra. No sé si fue más gracioso o más patético escuchar la reacción de nuestro secretario de Estado de Economía al saber que ellos crecen y nosotros seguimos cuesta abajo, aunque con menos pendiente: Campa, que debe de tener que decir algo por fuerza, aseguraba que Alemania crece, sí, pero la evolución de su PIB es "más volátil" que la del español. Nosotros no levantamos cabeza como ellos, pero a mucha honra y con mucha coherencia. Francia y Alemania han salido de la recesión tras cuatro trimestres negativos. Si esta evolución fuera una norma o algo contagioso, dentro de un trimestre nosotros también veríamos la luz. Pero tal extrapolación no es sensata.

Aunque las economías de las locomotoras de siempre no son similares, hay rasgos que diferencian a ambas de la nuestra. Nos sólo en la estructura sectorial -que venimos a llamar con insistencia "modelo productivo"-, sino en los daños emergentes y las lesiones que la crisis puede dejar para el futuro. La lacra española es el paro, que se nos ha disparado de forma incomparable a Francia y a Alemania. En éste último país, la verdadera locomotora, se han ajustado los salarios manteniendo en buena medida el empleo: aquí eso no se puede hacer, y el recurso es el despido (para quien lo pueda financiar). El paro enfría la economía enfriando el consumo, y si el adelgazamiento que esto provoca en los precios se convierte en deflación, tenemos mal a medio plazo. Y el IPC sigue descendiendo, aunque más en paracaídas que en caída libre. Mal síntoma, que no muestran alemanes o franceses. La mayor diferencia radica en que ellos exportan en cuanto las aguas internacionales vuelven a moverse. Nosotros, no. No vendemos fuera, ni por precio ni por calidad o tecnología.

El peligro mayor, quizá, es que acabemos cambiando una burbuja inmobiliaria y financiera por una burbuja crónica de deuda pública, alimentada con patadas hacia adelante en forma de ayudas y planes de estímulo que no cesan. En fin, no nos tiremos del tren.

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