La ciudad y los días

Carlos Colón

Antonio Sáez

SEGÚN la cronología macarena lo hicieron hermano a los veinticuatro años de que Juan Manuel bordara el manto de malla, a los once de que creara la corona de oro que se labró en la Joyería Reyes, a los nueve de que diseñara el nuevo atuendo de los armaos y cuando faltaban seis para que bordara el manto de tisú. También podría decirse que le apuntaron en la hermandad un año después de que se le dedicara a la Esperanza el Arco que desde entonces remata su efigie en el azulejo de Rodríguez y Pérez de Tudela; y un año antes del primer 18 de diciembre en que la Virgen estuvo en besamanos. O que tenía nueve años cuando se celebró la primera sabatina y que le ha rezado a la Esperanza en San Gil, en la Anunciación, otra vez en San Gil y en la Basílica. Esto es importante porque alude a la antigüedad que le dio el número dos entre doce mil quinientos. Pero no es lo decisivo, ni lo que ha hecho que tantos macarenos se hayan sentido un poco huérfanos al enterarse de su fallecimiento.

Lo decisivo es que nadie que haya ido al besamanos ha dejado de verlo pasando el pañuelo y nadie que haya ido a la sabatina ha dejado de verlo pasando el cepillo. Nadie que haya salido de nazareno ha dejado de verlo llevando el pesado estandarte que antes ningún hermano quería sacar; el mismo que después llevaron sus hijos y hoy llevan sus nietos. Nadie que en estos últimos años haya visto entrar a la Esperanza ha dejado de ver la impaciencia con que esperaba a su cofradía en el atrio, la alegría con que recibía la Cruz de plata y la emoción con que acompañaba a su Señor de la Sentencia y a su Virgen de la Esperanza del arco al atrio, rodeado de las plumas blancas y los terciopelos morados y verdes de los armaos y nazarenos que se acercaban a darle un abrazo. Del Arco al atrio: qué breve estación de gloria, impuesta por la penitencia de los años, para este hombre que desde 1938 sacaba el estandarte descalzo para que se viera que lo llevaba un hermano y no alguien pagado.

La antepenúltima vez que lo vi fue en la presentación de la candidatura de Manolo García. Cuando el hoy hermano mayor lo nombró para agradecerle su presencia estalló tal ovación que se le llenaron los ojos de lágrimas. La penúltima vez fue en el estreno de la película que la hermandad nos ha hecho el favor de encargarnos a Carlos Valera y a mí. Estaba sentado detrás de nosotros. Cuando nos felicitó le dije que, si le había emocionado a él, no lo debíamos haber hecho mal. Y ahí queda todo, porque para los macarenos no hay última vez. Por eso hasta luego, Antonio Sáez; que tu Esperanza no tolera despedidas ni consiente adioses.

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