relatos de verano

Jorge Duarte

Apacible almuerzo en el chiringuito (III)

Resumen de lo publicado. El protagonista, un señor de ciudad que ha venido llevando una vida de crápula y al que le han sucedido unas pocas desgracias en muy poco tiempo, se recluye en un hotel balneario de la costa malagueña para digerir tanta fatalidad y, de paso, desintoxicarse. Mientras almuerza en un restaurante a pie de playa, repara en que el maître, aunque correcto, está un poco trastornado. éste se disculpa aduciendo que lo acaban de despedir por haberle quitado el novio a su jefe. En un momento dado, irrumpe en el restaurante una familia con niños muy alborotadores, rompiendo la paz del lugar.

no de ellos, el que jugaba de portero, no dejaba de hacer sonar una trompetita, de esas que usan los aficionados al fútbol en los estadios y suenan a cada momento en las retransmisiones televisivas. Tras cada disonancia trompetera dábamos un pequeño respingo un buen número de comensales, y las gaviotas que picoteaban plácidamente en la orilla del mar echaban a volar despavoridas. Reparé en que tornaban a mi cara los tics nerviosos que tanto trabajo le había costado a mi psiquiatra que atenuara. La música de Beethoven abandonó mi mente y fue reemplazada por sirenas de fábricas, chirriar de uñas sobre pizarras, martillos neumáticos, alaridos terroríficos y otras estridencias del estilo.

En ese maldito momento el balón golpeó fuertemente mi nuca. Parte de la cerveza de la jarra que sostenía en la mano fue a parar a mi entrepierna, originándose una mancha que se extendió, inexorablemente, por la ingle y partes internas de los muslos. Antes de que pudiera abroncar al causante, recogió éste la pelota y salió corriendo. Los padres de las criaturas, ajenos al pequeño accidente, discutían a grandes voces mientras pelaban y devoraban gambas, por cierto a una velocidad de concurso.

El maître apareció de la nada. Estaba detenido junto a mí y observaba fijamente mi entrepierna.

-¿Qué está mirando, oiga? Si es una nueva forma de ligar, pierde usted el tiempo -bromeé-. Me gustan los prolegómenos.

-Miraba sólo esa horrible mancha, señor -replicó, indignado-. Yo jamás…

-Vamos, relájese un poco. No se tome la vida tan en serio. En cuanto a la manchita, no es lo que piensa. Es sólo cerveza que…

-Sea lo que sea, le aconsejo que la haga desparecer. La ubicación de su manchita induce únicamente a interpretaciones bochornosas. Ahórrese el cuento de la cervecita -dijo entre dientes.

-Sabias palabras, pero, ¿qué se puede hacer? ¿Me pongo boca arriba al sol, como los lagartos?

-Con este grado de humedad tardaría una eternidad en secarse. Lo mejor será que me acompañe a los servicios.

-¿Con usted a los servicios? Miedo que me da -continué con el pitorreo-. No pierde usted el tiempo.

-No tema, no es usted mi tipo. Y no es que sea feo, sencillamente tiene un guapo que no está de moda.

-Ja, ja, ja. Me está cayendo bien, mire por dónde. Dígame, ya que parece saberlo todo: si me levanto, ¿no cree que todo el mundo advertirá…?

-¿Su vergonzoso problema de incontinencia, iba a decir?

-Diríase que se lo está pasando en grande con sus comentarios jocosos -respondí, poniéndome serio de súbito-. De ocurrente ha pasado usted a payaso con mala pipa.

-Intentaba no tomarme la vida tan en serio -dijo con retintín-. Pero bromas aparte: ¿qué talla de pantalones usa?

-No sé… ¿A qué viene eso ahora?

-Es por saber qué tipo de pañales facilitarle -se tapó a toda prisa la boca con la servilleta y empezó a emitir una especie de gemidos ahogados acompañados de pequeños espasmos.

-¿Se está usted riendo en mi jodida cara? ¡Lo que faltaba!

-Me ha entrado un ataque de hipo, señor. ¿Cómo puede pensar que yo…?

-Bien, ¿me va a ayudar a salir del atolladero o seguimos tirándonos los trastos?

-Por supuesto que le voy a ayudar. No es la primera vez que ayudo a solventar contratiempos de este tipo. He trabajado en residencias de la tercera edad, guarderías…

-Usted… ¿no tiene límites…? -dije, a punto de estallar de cólera.

-Buena pregunta -contestó el maître, súbitamente circunspecto-. Mire por dónde se la voy a responder: resulta que oficialmente ya no trabajo aquí. Por consiguiente hago y digo lo que me plazca, puesto que no puedo ser despedido de nuevo. Después de veintidós años de esclavitud estoy saboreando una libertad que no conocía ni de lejos. ¿Lo vamos entendiendo?

-Lo vamos… Y ahora que se ha desahogado con el que no debía, ¿puede decirme cómo llegar a los aseos de forma discreta o prefiere abofetearme antes?

-Sin duda preferiría abofetearle -respondió con una pícara sonrisa-, pero mejor espero a tener un pretexto. Por su agrio y extravagante carácter, seguro que no tardará en dármelo.

-¿Qué tengo que hacer? Aparte de acostarme con usted en agradecimiento por sus servicios, por supuesto en mi casa, con mi ginebra, mis cigarros y mis preservativos. No vaya a ser que el señorito tenga que gastar dinero.

-Esto me pasa por contar mis intimidades -masculló, malhumorado-. Bien, centrémonos en su problema. Haremos lo siguiente: usted se levanta y se coloca detrás de mí, como a un palmo de separación más o menos, y en esta disposición nos dirigimos al aseo. Una vez allí se limita a esperar a que le facilite un secador de pelo y un quitamanchas, con los que solucionaremos el problemita. El plan es simple pero perfecto. ¿Quiere que lo repasemos, señor? ¿Tiene alguna duda o pregunta que hacer antes de pasar a la acción?

-Pues… no. No se me ocurre ninguna pregunta. No es necesario que haga un plano del restaurante ni que memoricemos consignas y contraseñas, si es a eso a lo que se refiere. ¡Ni que fuéramos a secuestrar al rey!

-Nunca está de más repasar un plan -respondió, frunciendo el ceño-. Pero en fin, allá usted. Cuando cuente tres póngase en pie. Intente hacerlo despacio y con naturalidad. Inmediatamente después se coloca junto a mi espalda y me sigue. Uno…, dos… y tres.

Me levanté y me puse detrás de él. Acto seguido apoyé mis manos sobre sus hombros y esperé a que tirara de mí. Inmediatamente el maître, sin volver la cabeza y hablando en susurros, ordenó:

-¡Siéntese de nuevo, señor!

-¿Qué ocurre? -dije, una vez sentado-. ¿Por qué…?

-¿Le he dicho en algún momento que ponga sus manos sobre mi hombros?

-Pues… no. Pensé que así…

-Por favor, señor, cíñase al plan. No queremos parecer dos gays haciendo el trenecito, ¿verdad? Sólo falta música salsa y mover nuestro trasero de izquierda a derecha para recordar a Una jaula de grillos.

-Eso le hubiera gustado, ¿no? Salir del armario en público y de paso hacer un striptease delante de su jefe y de todos los clientes. La venganza perfecta del defenestrado.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios