la ciudad y los días

Carlos Colón

Aplaudiendo perros hinchados

SALACADULA Chalchicomula Bíbidi Bábidi Bu. Siete palabras de magia que son. Todo se logra con solo decir: Bíbidi Bábidi, Bíbidi Bábidi, Bíbidi Bábidi Bu. La canción de las hadas de La Cenicienta tiene una versión sevillana que, no por antigua, deja de tener actualidad. Se cantaba en los años 60 y 70 y se sigue cantando hoy en versión remix.

Las siete palabras mágicas de esta versión nuestra son: modernidad, progreso, contemporánea, retrógrado, casposo, antiguo y caduco.

Las tres primeras se pronuncian sobre cualquier engendro, ya se trate de bloques de pisos y grandes almacenes construidos en los franquistas años 60 y 70 sobre casas regionalistas, palacios historicistas y teatros isabelinos o de falsa, mal proyectada y peor presupuestada arquitectura moderna construida en nuestros democráticos tiempos, y los convierte en lo mejor que le pueda suceder a la ciudad, la clave de su progreso y la demostración de su apertura a la modernidad.

Modernidula Progresomula Bíbidi Contemporaneibu: yo hago milagros con esta canción.

Las otras cuatro -retrógrado, casposo, antiguo y caduco- se pronuncian sobre los contumaces que no se dejan embaucar por esa magia y los convierte al instante en momias parlantes, fachas irreductibles, enemigos de la modernidad, reaccionarios tigres de papel -por decirlo en maoísta- cuya debilidad es vivir divorciados del pueblo. Y al pueblo sevillano, como es sabido, nada le gusta más que destruir lo antiguo, confundiéndolo con lo viejo, y vitorear lo nuevo que toma por moderno.

El pueblo sevillano del que los reaccionarios viven divorciados aplaudió todos los desmanes urbanísticos de los años 60 y 70, creyó que las escaleras mecánicas del primer Galerías Preciados eran la escala de Jacob que les llevaría al cielo del progreso y la noche antes de su inauguración se paseó entusiasmado en torno al cubo de El Corte Inglés como los troyanos daban vueltas alrededor del caballo que les regalaron los griegos.

Cuarenta años después celebran las setas olvidados, no digamos ya de cuestiones patrimoniales y estéticas, sino hasta de lo que les han costado tras haber multiplicado por dos su presupuesto inicial. ¿Qué más da? Ésta sigue siendo la ciudad en la que el loco cervantino congregaba a una multitud hinchando perros: acomodando una caña "en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota, y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos:¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?". Así seguimos: haciendo locuras y presumiendo de ellas.

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