La ciudad y los días

Carlos Colón

Aplausos contra Sevilla

SON las ocho de la mañana. Estoy en esta Avenida de la Constitución que no hace honor a su nombre, dado el desolado aire de espacio totalitario que la ha convertido en una Plaza Roja con una catedral gótica en vez de las cuatro que tiene Moscú, o un Tienanmen con el Ayuntamiento como Ciudad Prohibida. El cielo, como corresponde, está gris. Las cabezas piden gorros de astracán; los cuerpos, abrigos grises cruzados que lleguen hasta el suelo. Cuajado de anuncios que incumplen la normativa municipal, el Metrocentro va y viene vacío: es demasiado temprano para que se paseen los jubilados.

Voy de la ex Puerta de Jerez a la ex Plaza Nueva atravesando vacíos. Al llegar a Correos me doy cuenta de que la parada del falso tranvía -con sus grandes anuncios que también deben vulnerar la normativa- se traga parte de la fachada del Archivo de Indias y muerde la perspectiva de la Catedral. Procuro, por higiene, evitar la Avenida. Por eso hasta ahora no he reparado en que, además de los pavimentos que la han reurbanizado como los vándalos reurbanizaron Roma, arrasándola; además de la tala de los grandes árboles de su primer tramo; además de los naranjos chuchurríos que han plantado sólo en un lado; y además de las catenarias que la convierten en el bosque de cruces del final de Espartaco, está la dichosa parada del Metrocentro del Archivo de Indias, con su desvergüenza metálica, con su anuncio gigante, con su volumen tapando perspectivas de la Casa Lonja y la Catedral.

Ello no ha alterado el rostro impenetrable del señor delegado de Cultura ni roto el silencio de los corderos de la Comisión de Patrimonio, que tanto simularon enfadarse con la paradita de bicicletas de la Plaza del Triunfo porque rompía la estética del conjunto monumental. Tampoco ha impedido que el psoeministerio de Cultura premie al psoeayuntamiento de Sevilla por lo bien que cuida el patrimonio de la ciudad. Ni parece preocupar a quienes, por decirse progresistas, aplauden todo lo que atente contra la historia, el patrimonio cotidiano y la fisonomía de Sevilla que, como todo el mundo sabe, son cosas fascistas, reaccionarias y trogloditas; que parece que para esta gente Franco construyó la catedral, Queipo de Llano remató la Giralda, Solís Ruiz puso los adoquines y Utrera Molina le dio las llaves de la ciudad a San Fernando como daba las de los pisos sindicales. Qué disparate están consumando -de San Lorenzo a la Alfalfa, de la Encarnación a la calle San Fernando, de la Avenida a la Alameda- con Sevilla, pervirtiendo además proyectos, como el de la peatonalización, tan largamente acariciados.

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