PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

Aprenda a ser culiparlante

EL regionalismo valenciano patrocina en horario de máxima audiencia el revival de la astracanada. Falcon Crest y las canciones de Pimpinela son filosofía hegeliana en comparación con el show Camps & Costa, triunfadores en el concurso mediático semanal de escándalos, sonrisas, lágrimas y monólogos del absurdo. El famoso Circo Ringling, Barnum & Bailey que llega el mes que viene a Sevilla no tiene una pareja mejor. Y la traca está aún por llegar. Sucede lo mismo en Sevilla, donde lo de Mercasevilla se adscribe por el momento al género del sainete y se está poniendo de Castaño (Domingo Enrique) oscuro.

La teoría y práctica del político culiparlante se desarrolla de modo primoroso en ambos casos. Es una falacia que se quiera educar a los jóvenes en los hábitos democráticos. Ningún partido da ejemplo. Cuando quedan cuestionados por el acecho de la corrupción, acentúan el vaciado de contenido de sus órganos de dirección y debate. En ellos ni se habla ni se vota. Todo se decide entre dos o tres personas en el reservado de un restaurante y con los teléfonos móviles para la lucha de poder. Y los demás guardan las apariencias del precocinado. ¿Debate interno? ¿Petición de explicaciones? ¿Propuestas alternativas? Ni los ruegos y preguntas tienen futuro. Y los culiparlantes, fuera de los comités, juegan también a participar en las camarillas que les han aupado. Y hablan en pasillos y cenáculos con quienes les han designado a dedo, o contra quienes disputan su carrera política, antes y después de las reuniones en las que no abren la boca.

Así tenemos concejales culiparlantes, parlamentarios culiparlantes y toda gama de clase política culiparlante. Manual de estilo: Viva el Jefe. Yo opino lo que opina mi Jefe. Yo voto lo que me pide mi partido. Los que critican a mi Jefe nunca tienen razón, hasta que se conviertan en mi nuevo Jefe. Yo no sabía nada. No tengo nada que ver con eso. Me fié de lo que me decían y no me leí los documentos. A mí que no me imputen...

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