La Noria

Carlos Mármol

Apuntes sobre el derrumbe

La crisis de los últimos cuatro años ha terminado con la vida de casi 6.500 empresas en Sevilla. El ritmo de decesos societarios se cobra un saldo de cuatro sociedades mercantiles al día. Un antídoto contra el optimismo

DOS obras maestras. Un autor único. Una misma historia universal plasmada en dos estaciones contradictorias. Ascenso y descenso. Triunfo y caída. Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo (y por tanto periférico) que probablemente fuera el verdadero adelantado (a su manera; él que siempre creyó que no tenía sentido llegar a parte alguna) del boom de la novela hispanoamérica de la segunda parte del pasado siglo, narra en dos libros menudos, y desconocidos para muchos, la doble dirección que casi siempre recorre la vida. De ida, con recaída inesperada final, en Juntacadáveres: la historia de un proxeneta que es expulsado de una ciudad (Santa María) tras haber logrado la proeza de haber gestionado un prostíbulo perfecto. De vuelta, hasta el bajofondo más miserable, en El Astillero, acaso la mejor metáfora (en términos literarios) que se haya escrito en bastante tiempo sobre eso que se llama el derrumbe de los sueños.

Se preguntarán ustedes qué diablos tienen que ver estos dos libros con Sevilla. Nada. Y, en realidad, casi todo: su enseñanza es perfectamente aplicable, salvando todas las circunstancias locales de sus respectivas historias, al devenir por el que ha pasado esta ciudad en los últimos doce años, coincidiendo más o menos con el inicio de la famosa burbuja inmobiliaria y su posterior y estrepitosa caída, que se ha llevado por delante el mapa financiero previo (en nuestro caso, local) y la confianza de una sociedad (la nuestra) que creyó con fe ciega en la ficción de la riqueza sin esfuerzo.

En los últimos cuatro años, desde que la recesión llegó con la firme voluntad de asentarse en el Sur de España, donde ya había tenido algún ilustre antecedente, se han destruido en Sevilla más de 6.500 empresas. Que viene a ser lo mismo que la desaparición de idéntico número de sueños. Probablemente bastantes más: todos soñamos (en mayor o menor medida) aunque no seamos propietarios de sociedad alguna. Siempre somos (en cierta forma) dueños de nuestros deseos y, en casi todos los casos, señores de nuestros fracasos.

La espectacular mortandad societaria, confirmada esta misma semana por la Confederación de Empresarios de Sevilla (CES), computa el cierre de 133 empresas cada mes. Cuatro al día. Unas cifras que el propio presidente de la patronal provincial, Antonio Galadí, ha calificado de "aterradoras", al tiempo que ha reclamado a las administraciones públicas que impulsen de una vez los escasísimos proyectos industriales con alguna opción real para salvar a Sevilla. Fundamentalmente la ampliación del Puerto, el turismo y, en distinta medida, la actividad aeronáutica.

Los datos no son buenos. De hecho suponen un evidente antídoto frente al optimismo que alguno candidatos a la Alcaldía de la capital propone como receta para salir del agujero. Sólo en el últimos año el descenso en el número de empresas (el verdadero motor de una sociedad avanzada) ha bajado un 5%. Parece poco. No lo es. Probablemente porque, si analizamos la tendencia reciente y el tamaño de la mayoría de las sociedades mercantiles sevillanas, nos demos cuenta de que nuestra estructura productiva dista mucho de lo que podríamos considerar un escenario pujante. Hablamos, casi siempre, de empresas pequeñas y medianas, muchas de ellas unipersonales, familiares. Meras formas de subsistencia, en unos casos; o instrumentos de progreso relativo en otros, pero siempre a escala muy discreta.

Según el balance que esta semana ha presentado la CES, los cierres empresariales, que se han convertido desgraciadamente en algo más que habitual, fueron especialmente numerosos en el sector servicios, el comercio y en el ámbito de la construcción. Sólo el turismo, la industria por antonomasia de Sevilla, presenta algunos síntomas (muy relativos) de una cierta recuperación. Leve.

El panorama no presenta síntomas de mejoría. Lo que quizás nos obliga, como el personaje de la novela de Onetti, a aceptar que el derrumbe del mundo circundante ya no es una posibilidad, sino toda una evidencia. En la narración del escritor uruguayo, el viejo proxeneta triunfante (desterrado al final del relato por una sociedad hipócrita que usaba sus servicios y al mismo tiempo se escandalizaba de ellos) retorna al lugar donde conoció el éxito (siempre casual), y del que fue desterrado, para hacerse cargo de una vieja industria naval, decrépita y sesteante, en la que, a pesar de las apariencias, la crisis (la muerte en términos psicológicos) se ha instalado del todo.

El astillero es un lugar para el fingimiento. Donde practicar la locura al modo de Voltaire: como una huida de la realidad hacia un modo de existencia imaginario. ¿No es precisamente eso mismo lo que hacemos en Sevilla cada año a partir de la cuaresma?

Se dirá que se trata de una bendita locura. Bueno. Cada uno puede asignarle el adjetivo, e incluso el sustantivo, que quiera. Pero lo cierto es que mientras Sevilla se prepara a vivir lo que muchos consideran su mejor época del año (a efectos turísticos no cabe duda de esto último) y los políticos andan por los barrios prometiendo ser capaces de mejorar el mundo más cercano, las estadísticas nos recuerdan que estamos atrapados en el astillero de Jeremías Petrus que da nombre al relato de Onetti, en el que la rutina se convierte en el único remedio para soportar una realidad demasiado dramática frente a la que no cabe más salvación que el autoengaño. "Un capitán se hunde con el barco, pero nosotros no nos vamos a hundir, estamos escorados y a la deriva, pero todavía no es un naufragio", le dice un personaje a otro en el libro. ¿No es el mismo mensaje que pregonan estos días determinados políticos?

Las evidencias sobre la sima en la que se encuentra la economía sevillana son demasiado obvias para asentar cualquier discurso optimista sobre la ciudad. Parece natural que los candidatos a la Alcaldía lo hagan. No nos pueden decir la verdad porque ésta los convertiría a ellos en innecesarios. Aunque de sobra sabemos qué es lo que pasa. Nos tienen entretenidos (patronal y ayuntamiento, por ejemplo) con extrañas disputas sobre la representatividad del delegado de Economía de turno. Mientras estas cuestiones nos ocupan, hay quien en su fuero interno (estas cosas nunca se confiesan) ya piensa como Larsen, el gerente sobrevenido de ese astillero que nunca se va a recuperar. "Se durmió pensando que llegaba el final, que dentro de un par de meses no tendría cama ni comida, que la vejez era indisimulable y que nada importaba".

En Sevilla quien puede busca un empleo que no existe. Y los que todavía resisten (sin saber por cuánto tiempo) en algún puesto de trabajo, o similar, parecen haber aceptado mansamente el ritual que consiste en aceptar la farsa de que las cosas van a mejorar pronto. Por supuesto, habrá quien piense que tanto pesimismo es desagradable, que la botella está medio llena, en lugar de vacía por completo. Es una forma de verlo. Distinta. Incluso enternecedora. Sospecho, sin embargo, como Onetti, que en realidad no hay signos para esperar ninguna sorpresa a corto plazo. Mucho menos de la vida: nos la sabemos ya de memoria (por otros que pasaron antes que nosotros por sus profundos surcos de arena) o la intuimos con una extraña lucidez. Mientras no cambien los datos económicos (y se modifique la percepción general de éstos, que curiosamente tiene bastante que ver con la doctrina de Cioran, el filósofo rumano del que estos días se ha conmemorado el centenario) en Sevilla podríamos decir lo mismo que se afirma en la magistral novela de Onetti. "Puerto Astillero está muerto. Nadie llega ni embarca".

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