Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Aromaterapia

RADOBAN Karadzic, el presidente de la República Serbia que inspiró la matanza de ocho mil musulmanes en la ciudad bosnia de Srbrenica y mantuvo el despiadado cerco de Sarajevo que arrasó la ciudad, dedicó los últimos doce años, con notable éxito, a curar el dolor mediante la imposición de manos y a transmitir radiaciones de energía positiva. El doctor Dragan Dabic, como hemos visto todos, iba disfrazado de santón. Lucía una barba espesa con grandes bigotes amarillentos y se recogía el cabello, a la altura de la fontanela, con una especie de pinza o crespina que le confería un aire aún más misterioso, como de maestro oriental entendido en la transmisión de chispas invisibles que sanaban los más diversos males, desde la migraña común a la melancolía. En su sobria página de internet (www.psy-help-energy.com), el autor de los más diabólicos crímenes de guerra ofrece un amplísimo catálogo de tratamientos, desde la acupuntura a la homeopatía, de la fisioterapia a la dieta macrobiótica.

El jefe militar serbio, cuya mano no tembló a la hora de avalar el pogromo de los Balcanes, clavaba ahora hábilmente agujas en los meridianos orgánicos de sus pacientes para quitar o poner las energías vitales, suministraba cápsulas con elementos fantásticos o recetaba alimentos ricos en proteínas ying o yang. El hombre que durante años infundió un terror pánico también se dedicaba a magnetizar colgantes para que los pacientes se los pusieran en el cuello y se beneficiaran de las energías que contenían las ampollas. En su web hay un extenso catálogo de cruces con los extremos artísticamente torneados, una especie de vibradores eléctricos de enigmática utilidad, escapularios de metal e incluso una especie de antenas transmisoras de moléculas de bioenergía que parecen diseñadas para exterminar insectos.

El falso doctor Dabic, que durante la guerra de la antigua Yugoslavia lanzó bombas asfixiantes contra los resistentes, también rehabilitaba a los enfermos mediante la aromaterapia. Dabic prescribía esencia de lavanda contra los hongos, de tomillo para la sarna, e inhalaciones de bergamota para curar la depresión.

Cientos de ciudadanos de Belgrado pusieron, a lo largo de doce años, en las manos del criminal de guerra más buscado por la justicia internacional el remedio de sus dolencias físicas y el arreglo de la paz de su espíritu. Y al parecer no se sintieron defraudados. ¿De dónde sacó Karadzic la aptitud para curar? ¿De las barbas? Ayer, por si acaso, como paso previo a su extradición a La Haya, recibió la primera condena: raparse y cortarse la melena apostólica para parecerse otra vez al carnicero de Sarajevo.

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