El buen yantar

Juncal / Dirección: Avda. Ramón Y Cajal, 2

Asturias

VENIMOS por Ramón y Cajal, lo más parecido al Beirut bombardeado, entramos en el Asturias (bar, restaurante, sidrería) y aparecemos en un genuino pueblo del principado. Cuando entren olvídense de que están en Sevilla y mentalmente sitúense en el norte de España. La barra, las mesas, la tele siempre puesta, la humareda del tabaco, el cartel de la derecha: "se guisa de comer", los parroquianos de siempre que apuran, sin prisas, un vaso de vino… los camareros que trabajan de tal manera que parece que el negocio es suyo y al fondo de la barra, el dueño controlándolo todo…

En la barra se tapea del diez: la tortilla con cebolla es incomparable, el chorizo a la sidra no lo probará mejor fuera, la empanada, la pringá… todo está bueno, y lo mismo se degusta en el restaurante. Para empezar un revuelto de caviar de oricios, unos huevos con patatas a lo pobre (mézclelo con el chorizo), los pimientos rellenos, buenísimos. Y las patatas, ¡por Dios! es un festival: rellenas, con salsa rosa, al cabrales -este queso pega con todo-. Prueben el venado al coñac, las croquetas y la paella, sólo los domingos.

Los callos son una agradable sorpresa, me recuerdan a los antiguos de Casa Cuesta, de mojar pan. El cabrales acompañado de una sidra. Se la servirán con un artilugio genial, un escanciador eléctrico que es comodísimo, pues no depende de nadie para que te vayan sirviendo el culín de sidra. Está buenísima y es la bebida perfecta para todo lo que hemos ido probando, hasta llegar al cielo: la fabada. A poca gente conocerán que haya probado más fabadas y en más sitios que yo, y les digo que la del Asturias es de las mejores, si no la mejor. Las fabes perfectas de cocción, los avíos buenísimos, el sabor de la morcilla no manda, el chorizo en su sitio y el tocino entreverao, perfecto. Resultado: una fabada nada pesada, sabrosa, con un caldo justo de grasa y de color.

Sencillamente perfecta. Terminen con un arroz con leche y una compota de manzanas perfectas para la digestión y por supuesto el orujo. Hacía tiempo que no iba y eché de menos al dueño, al señor del pelo blanco, siempre al fondo de la barra. No sé dónde estará, pero desde aquí le envío mi más sincero agradecimiento por decidir, un día, ponerse junto a la Pirotecnia y dedicarse a hacernos felices a los catetos de Sevilla. Mil gracias.

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