Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Para Audrey con cariño

CADA vez que a una lumbrera se le ocurre una estadística, al poco se da como dogma de fe su resultado. Una encuesta realizada en Gran Bretaña con un universo de dos mil cinéfilos ha declarado a Audrey Hepburn como la criatura más hermosa, la actriz más bella que jamás dio el séptimo arte. Ni siquiera Elizabeth Taylor, Sofía Loren, Marilyn Monroe o Angelina Jolie se le acercan en la tabla clasificatoria. Es más, a la Taylor le ganó por la mano en el casting de Vacaciones en Roma, aquella maravilla en blanco, negro y vespa que dirigió el magnífico Willy Wilder. Indudablemente, esta criatura nacida en Bélgica, recriada en la hambruna holandesa de la dominación nazi y que luego sería súbdita de Su Graciosa Majestad es una belleza, pero no creo que haya inspirado a ningún solitario para sus fantasías sexuales. Bella, pero tan espiritual y transparente que si bien borda el papel de ángel, hubiese sido un atropello a la razón darle un rol de mujer fatal, de fabricante de sueños eróticos.

Como puede colegirse, no estuvo jamás Audrey Hepburn en mis sueños más tórridos, qué se le va a hacer. Tampoco pretendo convencer a nadie de la inconveniencia de designarla como la mujer más bella que dio la gran pantalla. Además que poner en entredicho la belleza y el encanto de esta hija de la guerra, de ese retrato de un tiempo de calamidades que siempre le pasaría factura física, sería una estupidez. Audrey, con su aspecto rayano en lo anoréxico, bien pudo despertar admiración y más que admiración, cariño, ternura, el cariño y la ternura que emanaban de la dulce Sabrina o de la ingenuidad y la frescura de la florista londinense Eliza en el espléndido Pigmalión que fue My fair lady cuando escandalizó alborozada en Ascott jaleando al caballo por el que apostó.

Dos mil cinéfilos la han elegido como la más bella actriz de cine, por encima de la exuberancia de Sofía Loren, de los ojos violeta de Elizabeth Taylor, de la sexualidad siempre de guardia en Marilyn, de un símbolo como fue Brigitte Bardot, de la elegancia con que Grace Kelly ocultaba sus impulsos, de la hoguera envuelta en hielo de Ingrid Bergman o de esa novia que todos hubiésemos querido tener y que atendía por Romy Schneider. Pero no cabe la menor duda de que lo que puede con el tiempo, lo que permanece, es lo que al cabo gana la partida. Y Audrey, aun como una anoréxica pionera, permanece en el tiempo, gana con el tiempo, que ya más que madura en Robin y Marian seguía encandilando. Bueno y si recordamos aquella imagen en Somalia ya casi vencida por el cáncer hasta puede que afloren las lágrimas. Digamos que Audrey Hepburn fue más musa sentimental que de lo otro.

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