La ciudad y los días

Carlos Colón

AudreyHepburn en Granada

CUÁNDO empezamos a querer como algo personal a Audrey Hepburn? No a admirarla como actriz, sino sobre todo a quererla. ¿Y cuándo a ese cariño se sumó el agradecimiento? No sólo por las grandes interpretaciones que nos había regalado a las órdenes de Wyler, Wilder, Vidor, Huston, Zinnemann, Edwards, Cukor, Donen, Lester, Young, Bogdanovich o Spielberg, sino, simplemente, por haber existido y haberse aparecido en las pantallas. ¿Y cuándo a la admiración, el cariño y el agradecimiento se añadió ese respeto que sentimos por quienes demuestran un valor personal y una talla moral que nos sirven, dando razones a la esperanza, para contrarrestar tantas formas de maldad que achican lo humano? No por lo que hizo cuando era famosa, bella y fuerte en su fragilidad, sino por lo que hizo cuando la enfermedad la hirió y ella hizo de esa fragilidad su nueva fuerza.

Lo primero fue entre 1953 y 1957, cuando la fuimos descubriendo en Vacaciones en Roma, Sabrina o Guerra y paz; y cuando la fotografió Richard Avedon en París durante el rodaje de Una cara con ángel. El agradecimiento por haber existido y habérsenos aparecido en las pantallas debió nacer entre 1961 y 1964, cuando la vimos comerse el croissant ante Tiffany's en Desayuno con diamantes, deambular perdida por las habitaciones vacías de su casa parisina en Charada o aparecer en Ascott transfigurada por Henry Higgins y Cecil Beaton en My Fair Lady; y no hizo sino crecer desde entonces hasta que la vimos radiantemente envejecida en Robin y Marian y Always. En cuanto al respeto, se lo ganó del todo tras retirarse del cine en 1989 enferma de cáncer, al intensificar la colaboración que mantenía con Unicef desde 1955 y ser nombrada su embajadora mundial. Conmovió al mundo cuando, gravemente enferma, tres meses antes de su muerte, viajó a Somalia para recorrer los campos de refugiados durante la gran hambruna de 1993.

Por eso 25.000 personas han visitado la exposición dedicada a Audrey Hepburn en Granada, dentro del recién y bien nacido festival de cine Retroback que le ha sido dedicado a la actriz, incluido el concierto de clausura con músicas compuestas para sus películas por Henry Mancini. Y es que, como ha escrito Maruja Torres en El País a propósito de este homenaje granadino a Audrey: "La seguimos recordando y seguimos emocionándonos a causa de las lecciones de belleza, bondad y gran clase que de ella recibimos… Llorando de Audrey, que es una preciosa forma de llorar, como se llora leyendo un poema o escuchando una música, o recordando a los que amamos cuando su evocación ya no nos duele".

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