El poliedro

Aviso de... ¡pum!

Al turismo le va a costar dinero y sudor compensar esta semana negra, pero debe hacerlo con prontitud

U N taxista baja de su coche en el repentino atasco que se produce en las pocas salidas del hervidero de personas y obras que era el aeropuerto de Málaga el pasado domingo, 17 de agosto. Aparte de los taxis y mi propio vehículo, la mayoría de los coches son de alquiler y van tripulados por extranjeros, que borran de sus rostros la ilusión de darse un atracón de -entre otras cosas- ese bien escaso que para ellos es el sol, cambiándolo por un rictus de estupor y hasta espanto. Muy andaluz, el taxista ejerce de informador espontáneo, apoyando sus palabras con gestos muy elocuentes: -"Aviso de… ¡pum!, aviso de ¡pum!", decía una y otra vez por entre la triple fila de coches parados entre las obras, alzando los brazos en clara alusión a una bomba. Lo de "aviso" no lo pillaban; la comunicación no verbal, perfectamente sí.

Podemos elucubrar cuántos de estos visitantes rubicundos dispuestos a cocerse y a dejar aquí un dinero básico para muchísimas familias decidieron ipso facto no volver a Andalucía a veranear. En los centenares de coches agolpados en embudos atorados alrededor del aeropuerto, seguro que bastantes, y entre los miles de desalojados de las playas un rato antes por los avisos de bombas, seguro que también bastantes descartaron nuestra tierra para próximas vacaciones.

Los aguerridos gudaris de la patria vasca oprimida habían conseguido volver a hacer daño donde (casi) más duele: en el futuro económico de las personas. Un gran éxito de quienes ejercen de representantes militares del pueblo más próspero y rico de España. Y vienen a hacer un enorme daño a una región tradicionalmente menos rica, por mucho que el alcalde Francisco de la Torre proponga que "pasemos de ellos". Ojalá: no es fácil pasar del asesino que va a por ti, del nihilista irredento que te tiene en el punto de mira -vasco o no-; del matón de la clase. Crimen y, encima, castigo para el agredido. Castigo económico, decimos; eso y no otra cosa buscaban los veinteañeros de barrio abertzale que vienen en heroica misión a joder aquí.

Tras el hachazo etarra, la catástrofe del miércoles en Madrid ha sido un gancho en el hígado de un boxeador a quien ya le habían temblado las rodillas tres días antes. España, una de las jóvenes esperanzas blancas, de nuevo en la boca de todo el mundo por el terrorismo y la tragedia. El púgil es la industria turística española y andaluza, un poliedro de actividades y economías directas e indirectas, una parte heterogénea y valiosísima de nuestra creación de riqueza nacional. Nuestra tradicional gallina de los huevos de oro -oro añejo, quizá-, que pone menos en periodos de crisis internacional, ante los que muestra una alta sensibilidad.

La caída del turismo internacional se ha cebado este verano con los dos territorios más deseados, Cataluña y Andalucía, perdiendo cada una de ellas casi uno y medio de cada diez visitantes con respecto al año pasado. Los esfuerzos y éxitos por tener varias cestas de huevos, y no sólo la del sol y playa, son contrarrestados de golpe y porrazo por el crimen estratégico y la tragedia, no podemos afirmar aún si causada por la negligencia o la fatalidad estadística.

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