La tribuna

Ana Laura Cabezuelo Arenas

Ayudar a morir

LA ciudadana británica Debby Purdy, de 46 años, aquejada de esclerosis múltiple, ha elevado consulta en el Reino Unido a fin de conocer si su marido incurrirá en responsabilidad si le acompaña a una clínica de Suiza en la que se practica la eutanasia activa. Su decisión de poner fin a su vida es, pues, libre y meditada.

Purdy coloca ante nosotros el tremendo drama de decidir hasta cuándo y en qué condiciones queremos vivir. El tema tabú de pronunciarnos acerca de eso que se denomina "muerte digna".

En España, la asistencia y la inducción al suicidio están tipificadas en el Código Penal. Aunque podemos expresar en un testamento vital nuestra intención de que no se prolongue artificialmente nuestra vida por medios que impliquen sufrimiento, ello no ha de ser confundido con el derecho a poner fin, de forma activa, a nuestra existencia, pese a que nos sean detectadas enfermedades degenerativas incurables.

En una ocasión, escuché de labios de una persona sabia que "se tiene más compasión de un perro, al que se le pone una inyección para que no sufra, que de una persona, a la que se obliga a sufrir, en contra de su voluntad".

Realmente, no creo que sea correcto hablar de una "muerte digna" para aludir a la eutanasia. Tan digno es el sufrimiento de los que afrontan el dolor día a día y las limitaciones propias de su enfermedad como la determinación de quienes, libre y conscientemente, desean sustraerse a una tortura que acaso se prolongue durante décadas.

Si le diagnosticaran a usted cualquier enfermedad irreversible, susceptible de paralizar su cuerpo o mermar sus facultades mentales en breve… ¿quién cuidaría de usted? ¿Ha reparado en la cantidad de personas que carecen de familiares o que no desean caer en sus garras? ¿O en los que se encuentran en la más absoluta soledad y con medios económicos escasos? ¿Por qué condenar al dolor a quien desea voluntariamente y sin presiones de ningún tipo sustraerse del mismo?

El aborto, despenalizado en tres supuestos en nuestro país, supone la destrucción de otra vida ajena, por más que se quiera dulcificar y enmascarar la cuestión.

Con la eutanasia, cada cual decide el fin que desea tener. Quienes tengan creencias religiosas, obviamente, ofrecerán cuantos sufrimientos sobrevengan en contemplación a la recompensa que esperan obtener. No les importará no poder ni ir al baño solos, ni necesitar un pañal que habrá de colocarles un tercero, prescindiendo de todo pudor. Tampoco, precisar ayuda para ingerir alimento el resto de su vida, si un accidente sufrido así lo requiriese o estar postrados en una cama para siempre, como Ramón Sampedro. Ni hallarse abandonados en cualquier residencia miserable desprendiendo un hedor insoportable si su nivel económico no les permite costear los cuidados que requieren y que se irán incrementando con el paso de los años. Ese sufrimiento será digno porque decisiones como éstas, si son libres, suponen una auténtica heroicidad. Nuestro deber es paliar el sufrimiento de estas personas, tanto en lo material como en lo moral, en la medida de nuestras posibilidades.

Pero quienes carezcan de esas convicciones, estimo, deben ser respetados igualmente. Quizá tuvimos conocimiento alguna vez del final trágico de alguna persona: al volante de un coche, arrojándose de un balcón… El destino nos puede colocar en cualquier momento en el tremendo trance de tomar decisiones como éstas porque no deseamos una vida como la que se nos augura. Jamás debemos juzgar: no estamos en la piel de estas personas. No conocemos su angustia ni su sufrimiento. En una entrevista, la cantante Luz Casal relata su lucha contra el cáncer y revela que "la mejor medicina ha sido el cariño que ha recibido de muchas personas". Algunos elogian la lucha de Juan Pablo II contra su enfermedad. El problema es que no todos encuentran el cariño y el apoyo que describe la primera ni poseen los medios de que gozó el segundo, rodeado de asistentes y de cuantos adelantos quepa imaginar. Además, no todas las enfermedades poseen, como el cáncer, una elevada esperanza de recuperación. Otras nos condenan, irreversiblemente, a una vida vegetativa.

Antes unos condenaban el aborto, pero mandaban a sus hijas a Londres. Ahora se escandalizan de Purdy, pero si les toca a ellos, volarán a Zúrich. El tema, antes o después, se tendrá que plantear en nuestro país. La pena es que no será nuestra libertad lo que lleve al legislador a introducir esta medida, sino el vil metal. Cuando pasen veinte años y se compruebe que no hay dinero para pagar nuestras pensiones, los entonces viejos resultaremos molestos y se nos "invitará a un suicidio colectivo". Por nuestro bien, naturalmente.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios