Editorial

Aznar se salta las fronteras

SER ex presidente del Gobierno debe de ser tan difícil como liderar un Ejecutivo. Con su inesperada visita a Melilla, José María Aznar demostró ayer qué fácil es equivocarse cuando se deja de ser el inquilino de La Moncloa y aún no se ha renunciado a intervenir en la vida política del país. Aznar, como cualquier otro ciudadano español, goza de pleno derecho para moverse por España y expresar sus opiniones, aunque su condición de ex presidente lleva aparejadas una serie de responsabilidades, unas fronteras de sensatez que no deberían violarse. El PP mantiene que el Gobierno de Zapatero no está apoyando a los melillenses en estos momentos, y así lo expresó su vicesecretario de Comunicación, Esteban González Pons, el pasado martes en una rueda de prensa que ofreció en la ciudad autónoma. ¿Era necesario que Aznar subrayase con otra visita lo que había dejado más que claro su propio partido sólo 24 horas antes? El Gobierno ha optado por la vía diplomática para abordar la estrategia de tensión que Marruecos ha desplegado este verano sobre la frontera melillense, por ello ha recurrido al Rey y por ello viajará el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, el próximo lunes a Rabat. El PP, sin embargo, es partidario de actuar con mayor contundencia, y así lo viene reclamando tanto su dirección como el presidente de Melilla, Juan José Imbroda. Sin embargo, en su calidad de ex presidente, y tratándose de un asunto tan delicado para España como son las relaciones con Marruecos, José María Aznar debería haber hablado con el Gobierno español antes de desplazarse a Melilla; debería haber conversado con algunos de sus ministros, el de Exteriores o el de Interior, para saber cómo se encuentran las negociaciones con el país vecino y haber profundizado en la verdadera intrahistoria de esta estrategia marroquí; debería haber consultado con la Zarzuela sobre la oportunidad del viaje, y debería, incluso, haber contrastado su opinión con la de su partido. Pero Aznar paseó ayer por Melilla los recuerdos de Perejil en un alarde melancólico y personal de su política exterior con Marruecos que sólo alimentará los devaneos anticoloniales de unos pocos fantasiosos.

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