Crónicas levantiscas

Juan Manuel Marqués Perales

Azoteas sin cielo

LA escritura de precisión de los poetas necesita de su cochura. "Lo importante no es lo que se cuente sino cómo se cuente", me contó una vez, y hace más de 35 años, Fernando Quiñones en una calle del barrio gaditano del Mentidero. Lo paró mi padre: este hombre será un día muy importante, me predijo. Quiñones murió pronto y escribió mejor. Otro estilista, José Caballero Bonald, vive gracias a su curiosidad y al oloroso, excelente acompañante, según él, de todas las comidas, incluido el desayuno. El libro preferido de Pepa, su esposa, es Ágata ojo de gato, una novela poética cuyo único modo de abordarla fue leerla como si la recitara el propio Bonald, con esas peculiares eses traídas de Colombia y conservadas presumidamente como signo de distinción. Tiene su música. En su biográfica Tiempo de guerras perdidas trae al tiempo una de las clases de hombres más sorprendentes, los acostados, tíos y abuelos que vivían en la cama sin padecer enfermedad alguna, como barones rampantes del colchón. El libro amanece con la luz de las azoteas de Jerez. La escritura de precisión necesita de cochura, por eso cinco días después sigo reflexionando sobre el significado de una única frase de su discurso de entrega del Cervantes: los desahucios de la razón. Lo importante no es lo que se cuente, sino cómo se cuente. Las azoteas sin cielo de los países vejados.

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