Doble fondo

Roberto Pareja

No somos nada

Los políticos están estigmatizados por el vodevil que nos ocupa desde el 20-D y por culpa de unos cuantos mangantes envueltos a veces en la casulla sistémica del partido. A los periodistas no nos va mucho mejor con la opinión pública.

El río político que nos lleva se ha ido asimilando a una ciénaga, con esas aguas estancadas al cabo de cuatro meses de chapoteos y componendas para hacer emerger a un presidente del Gobierno mientras el caudal crece con litros diarios de bilis y fertilizantes verbales y los partidos se afanan (sic) en llevar el agua a su molino.

Con diferencias oceánicas que nos revuelven hasta Panamá, todos quieren pasar por campeones del diálogo, con un incesante fluir de propuestas y regalándonos estampas pintorescas (cada cual las elige en función de los colores), pero nos precipitamos a las urnas entre la frustración y el hartazgo y maldiciendo a los líderes. Como si fuéramos mejores que ellos. La vanagloria es patrimonio nacional y el más tonto hace relojes en este país de paisanos siempre satisfechos consigo mismos y eternamente disgustados con sus representantes en las instituciones como si fueran mucho mejores que el común de ellos y todo votante fuera un inmaculado sobrado de talante.

Los afines al partido más votado se erigen en indispensables guardianes de la esencia del progreso y la moderación, los del segundo espada ondean la bandera del cambio con una camisa de fuerza para su demencia transitoria transversal mientras beben aceite de ricino anaranjado, los del tercero en discordia se cuecen entre disputas internas y salidas de tono, y los de la cuarta planta quieren subir al ático por la calle de en medio cual escalera de incendios entre los dos grandes fuegos venidos a menos… Es probable que apenas se muevan hojas en el paisaje tras el 26-J. Lo seguro es que entre dos o tres de los cuatro empecinados se obrará el milagro y nos regalarán un presidente funcionando, no en funciones, para variar.

La clase política está estigmatizada por el vodevil que nos ocupa desde el 20-D y, sobre todo, por culpa de unos cuantos mangantes envueltos a veces en la casulla sistémica del partido. A los periodistas no nos va mucho mejor con la opinión pública. Y va ahora Pablo Iglesias y nos mete el dedo en su llaga. Saltó el cojo. Ayer se disculpó. Vale. Pregunta: ¿a qué espera Aznar, que metió un boli en el escote de una periodista como respuesta a una pregunta incómoda? No es nadie él. No somos nada, compañeros.

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