Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Mis...

ORGANIZAR una gala de Miss España que sea breve es tan imposible como un buen arbitraje de Iturralde González. Son asuntos inevitables de la vida: los precios suben en Navidad, los políticos sonríen y prometen en campaña, la Copa del Rey de hockey sobre patines la gana un equipo catalán y la gala de Miss España acaba a las dos de la mañana con alguna equivocación en el recuerdo. La de este año corre a cargo de Emma García, que tuvo que rectificar una errónea clasificación de Miss Huelva, para escarnio de la chiquilla y mosqueo del personal que acude a la urbanización castellonense del anuncio de Igartiburu.

La gala de Miss España es interminable pero en realidad es complicado recortarla. En esta edición se han tematizado los pases, aligerados respecto a los de otros tiempos, y las aspirantes han de mostrar incluso unas incipientes dotes de actriz. En fin, que intentan que la inspección de las anatomías tengan su chicha televisiva, mientras que lo más divertido es compartir el visionado para sacarle defectos a las concursantes. Las actuaciones musicales también se han reducido: sirven de enlace para el cambio de ropa, y los dos presentadores de este año, Emma y el perejil Christian Gálvez, pifias aparte, no lo hicieron mal.

Desde aquella ocasión en que el embajador ruso puso en aprietos a una desdichada que no supo qué decir sobre Rusia, el público aguarda a la medianoche para ver cómo se desenvuelven las finalistas. Las preguntas las han cambiado por unos discursos. Peroratas demasiado preparadas. La de Zaragoza se pedía la victoria para honrar a la Expo acuática y la de Melilla sacó a colación su historia personal, con la muerte del padre de su novio, para arrancar lágrimas y votos. A este paso esta gala, un rito tan inevitable como evitable, la va a terminar moderando Patricia Gaztañaga.

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