Tinta china

¿A que sí?

SON las 14:15, acabas de atravesar tu primera jornada de maratón televisivo y te dispones a cocinar, o a darte una ducha. Pero Pekín no da tregua: el transistor escupe que un español está a punto de competir por el bronce. Es en esgrima. Y se abre una puerta nueva, que el amante de los deportes está obligado a cruzar.

Es lo que tienen los Juegos, que entras en habitáculos que sólo se abren cada cuatro años. Y cuando entras, todo es nuevo: el protagonista, apodado Pirri; el escenario, con ese pasillo de 14 metros de largo (se me volverá a olvidar, hasta que me lo recuerden en Londres); los preparativos, con esos operarios afanados con la aspiradora bajo la mirada escrutadora de los jueces; o esas luces apagadas que acentúan la atmósfera teatral.

Te sientas delante de la tele con un afán resultadista que casi da vergüenza. Empieza la lucha entre el húngaro y Pirri y los tocados apenas se adivinan. Descubres que la luz verde anuncia un tocado del nuestro, que son tres periodos de tres minutos y que si hay empate, se va al tocado de oro. Éste llega a falta de segundos, se enciende la luz verde y te alegras. Dicen que es la primera medalla olímpica de España en un deporte que nació aquí. Te acuerdas de Rodrigo Mendoza, ese traficante de esclavos que encarnó De Niro en La Misión, sonríes... y sales del habitáculo. Quizás hasta dentro de cuatro años.

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