Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

58,40

UN joven entusiasta, que se afana en la recogida de alimentos para los refugiados saharauis de los campamentos de Tinduf, me transmite su ilusión y no tardo en unirme a la causa. En un supermercado, inicio la compra solidaria con 20 kilos de harina, a 40 céntimos el kilo. Luego, otros tantos kilos de arroz, a 75 céntimos; diez kilos de garbanzos, a 1,89 euros; diez de alubias, a 1,05; diez más de spaghetti, a 0,75, y otros diez de azúcar, a 0,85. Todo ello hace un total de 80 kilos, por valor de 58,40 euros. Nunca hubiese imaginado que una partida de alimentos básicos, que bien pudiera dar de comer a 200 personas, costase lo que dos cubiertos en un restaurante de tipo medio.

Entre el hambre y el desperdicio, como entre la legalidad y la corrupción, hay una distancia de injusticia que rompe las reglas de la lógica humana. Claro que aquí nuestros problemas no son los garbanzos o la harina. La dieta se nos ha ido complicando hasta hipotecarnos los sentidos, de modo que hacer una ingenua apelación a la solidaridad, como la que tibiamente se desliza por estas líneas, pueda percibirse como una estupidez demagógica.

Cuando éramos Tercer Mundo -lo fuimos cuatro décadas antes de ser la celebrada octava potencia-, los atisbos solidarios estaban regados con agua bendita. Las huchas multirraciales del Domund dibujaban los rostros de la pobreza: el indio emplumado, el chino con coleta -"para los chinitos, para los chinitos…"-, y el negro de pelo ensortijado. Era la caridad de los pobres y para los pobres, con el más allá en juego. El paraíso resultaba excesivamente caro para los ricos, como bien advierte la metáfora bíblica del camello y el ojo de la aguja. Se animaba así, aún más, la paradójica benevolencia de los necesitados: "¡Pasen, pasen, hay sitio al fondo…!".

La caridad, como la lotería, necesita del pobre. La solidaridad es más de andar sobre las dificultades de la Tierra. También, es más laica, social y comprometida con la erradicación de la desigualdad. No es que se cuestione la caridad, claro, ni siquiera por sus conocidos efectos adelgazantes en los camellos que vemos pasar a través del ojo de la aguja… Por si las moscas, en las puertas de las catedrales e iglesias, apelando a las urgencias terrenales, pobres y lisiados aún compiten en reavivar los mitos medievales de la caridad.

Cuando estamos empezando a pagar la factura de la insostenibilidad del planeta, 58,40 euros nos revelan qué lejos quedan nuestras lágrimas cotidianas de los estados del hambre. Como sentenciaba Juan Manuel en El conde Lucanor, a propósito de lo que aconteció a dos hombres que fueron muy ricos: "Por padecer pobreza nunca os desaniméis, porque otros más pobres un día encontraréis."

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