La tribuna

Manuel Lozano Leiva

Bali, los ricos, los pobres, usted y yo

POR lo que nos dicen los medios de comunicación, en Bali parece que ha habido bronca a cuenta del cambio climático. O, mejor, sobre cómo paliar el cambio si es que lo hay. Lo que nos queda en las mientes es que los pobres que van para nuevos ricos (por ejemplo, los chinos) quieren vivir a lo grande, o sea, como los ricos de toda la vida (por ejemplo, los estadounidenses). Pero para eso tienen que consumir la misma energía, y ésta, basada en el petróleo, deja al planeta hecho unos zorros, lo que afecta a todos más o menos por igual: mortificando a todo el mundo salvo a cuatro esquimales y unas decenas de especies animales que se lo van a pasar en grande cuando sus inhóspitos lares se hagan tropicales.

Las consideraciones que una persona sensata, supongamos usted, amigo lector, y yo, debe hacerse son las siguientes. Primero y fundamental: ¿hay cambio climático? Segunda: ¿lo provocamos nosotros? Tercera: ¿sirven para algo Kioto, Bali o Aznalcóllar si allí (¡ojalá!, en lugar de Copenhague) se hiciera la siguiente cumbre propuesta para 2012?

Cambio climático parece que hay, pero el problema es eso de que parece. La ciencia, y lo que viene a continuación no es una limitación sino su grandeza, es insoportablemente estricta. Hasta que los científicos no miden hasta con rigor que raya en la exasperación que un elefante y una hormiga caen a la misma velocidad en el vacío, no se lo creen, dejando en evidencia veinte siglos de aristotelismo. Por eso hay algunos que opinan que si no sabemos qué tiempo va a hacer mañana en una ciudad, cómo vamos a predecir el que va a hacer dentro de 300 años. El aserto parece científico y lo es a medias (dejando al margen, como muestra de generosidad, la diferencia entre tiempo y clima), porque yo no sé lo que alguien va a hacer mañana, pero dentro de tres siglos, estoy seguro de que tanto usted, lector, como yo somos un puñado de cenizas o un pingajo impresentable. Sin ambigüedad científica. Conclusión: que científicamente no se pueda decir que haya cambio climático no implica que la enorme variedad de indicios de que lo está habiendo no nos deban preocupar.

¿Estamos provocando nosotros ese cambio? Pues tampoco se puede sostener con base en la ciencia, pero de sentido común es lo siguiente. Le da usted un bofetón a un vecino. Como el ejemplo es fuerte, pongamos que el tal vecino es un maltratador de su esposa. Al otro día tiene el moflete hinchado. Pensando en una demanda judicial, el tío va al médico y éste le dice que la hinchazón se debe a un flemón. ¿Y la bofetada? No sé, pero infección hay. La única conclusión sensata es que el daño se deberá al flemón o a la hostia, pero otra agresión lo único que va a hacer es empeorarlo. La causa del supuesto cambio climático será el efecto invernadero o no, pero largar ingentes y galopantemente crecientes cantidades de CO2 a la atmósfera seguro que no ayuda a evitarlo.

Lo bueno (lo malo) de la atmósfera es que es muy democrática, porque nos afecta a todos por igual sea quien sea el culpable de su envenenamiento. Por eso, si se quiere mejorar su salud, nos tenemos que poner todos de acuerdo. Entonces llegó Kioto. Se reunieron todos los países mundial y llegaron a un acuerdo sobre la intensidad, a la baja, de los bofetones a dar cada uno al planeta. Naturalmente, el país más violento, Estados Unidos, no firmó aquello porque suponía una merma de su (supuesto) grandioso bienestar. Otros, como España, dijeron que muy bien, pero como iban para ricos, hicieron de su capa un sayo.

Pero, ¡ay!, el cambio climático siguió manifestando indicios por doquier y cada vez de consecuencias más trágicas. Y a los diez años de Kioto se reúnen todos en Bali. El lío que se organiza allí es grandioso, pero lógico. Estados Unidos no firmó el acuerdo que alcanzamos en Kioto, vale, porque ya sabemos cómo son los gringos, pero tus refinerías lanzaron tanto CO2 a la atmósfera siendo así que te tocaba mucho menos, con lo que tus productos son más baratos y competitivos que los nuestros que sí cumplimos el acuerdo. Pues anda que tú, que… Y de ahí para arriba. Pero de madrugada, como ocurre con todos los grandes cambalaches, se logró que Estados Unidos entrara por el aro de cuantificar en 2012 las emisiones.

La conclusión de todo esto es más bien optimista: el problema del cambio climático se ha hecho global y tanto los países pobres como los ricos aceptan, aunque sea a trancas y barrancas, que hay que disminuir drásticamente las emisiones de CO2. (¿Cuál es la primera y cuál la segunda conclusión?).

Por cierto, amigo lector, ¿apostamos algo sobre cuándo nuestro furibundo antinuclear presidente Zapatero admite que esto de la energía nuclear hay que pensárselo mejor? Continuará…

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