El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia@grupojoly.com

Banquerosnatos

Según el ex presidente de la Fed, esta crisis hubiera estallado por los motivos que conocemos o por otros

LA economía no es mala ni buena, los malos o buenos somos nosotros. Las malas rachas no provienen de los ciclos ni de la evolución degenerativa de las fuerzas del mercado, sino que tienen su origen en la naturaleza humana. Es decir, la economía no es más que un reflejo de lo que somos capaces de hacer, en lo bueno y en lo malo. Así lo piensa Alan Greenspan, que ha sido el mandamás del banco central estadounidense -la Reserva Federal o Fed- durante las vacas gordas: su mandato duró justo hasta unos meses antes de que la crisis estallara. Según Greenspan ha declarado esta semana, aunque el colapso del sistema tuvo como detonante la debacle de las hipotecas subprime, hubiera tenido cualquier otro antes o después, porque todas las crisis económicas (o "financieras", como refieren llamarlas los anglosajones) tienen una cosa en común: la irracionalidad, que sólo es imputable a quien tiene razonamiento. Según ha dicho el sin empacho Greenspan, el ser humano, que tiene razonamiento o lo puede tener, se desnorta cuando lleva el viento de popa y tiene el bolsillo reventón. La opulencia nos confunde, y esta confusión sobrevalora los bienes y minusvalora los riesgos, creando frágiles pompas de jabón, apariencias sin esencia. Cuando gozamos de buena salud, damos por hecho que siempre estaremos sanos, y actuamos bajo esa premisa que, a la postre, siempre es irracional. Asumimos compromisos a largo plazo, dando por descontado que nuestro bienes se revalorizarán sin cesar, y ello nos empuja a consumir con alegría y confianza ciega. Un esquema de comportamiento que los economistas denominan efecto riqueza.

Mr. Greenspan, sin embargo, puede haber tenido más que ver en la catástrofe que el ser humano medio: en sus años de mandarín mundial del dólar los llamados derivados financieros tuvieron un auge sin precedentes. Estas estructuras inescrutables que daban réditos irracionales, esos paquetes poliédricos y a veces trileros en los que se infiltraba el aire caliente que inflaba la burbuja, son tan culpables de la calamidad como las hipotecas basura. Según este preclaro hijo de la escuela judía de economistas norteamericanos, "muchos de ellos [los banqueros del desastre] pensaron que podrían detectar el punto de activación real de la crisis a tiempo de salir de la misma". Pero no fueron lo suficientemente pillos, y no lo hicieron, y obligaron a descomunales planes de rescate a costa del dinero común. Pero Greenspan fue más listo, e hizo mutis justo antes de que la niebla exuberante se disipara y viéramos -los inversores exclusivos de derivados al diez por ciento, más- el abismo bajo nuestros pies. Él sí se retiró a tiempo de la partida de póquer.

En una semana en la que hemos asistido a la obscena indemnización por despido de Goirigolzarri (52 millones de euros se lleva a casa el hasta ahora consejero delegado del BBVA, tras un montón de años a razón de tres millones por curso), no cabe esperar nada de quienes han libado el néctar del poder total, absolutamente de espaldas a las miríadas de pequeños accionistas que ven mermadas con estas locuras millonarias sus lícitas aspiraciones de rentabilidad: todo lo que se lleva -de repente- el tecnócrata es menos dinero a repartir vía dividendos, mucho menos. Desde su refugio de oro, por su parte, Greenspan nos recuerda que la cabra tira al monte, y siempre lo hará. Gracias por la sinceridad, don Alan.

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