Punto de vista

josé Ramón / del Río

Barcelona

UNA vez que se han convocado nuevas elecciones, disueltas las Cortes, procedería recapitular de lo actuado. Pero voy a seguir el consejo regio de no cansar más al electorado -en mi caso, a los lectores-, echando un caritativo velo a los protagonistas de esta tragicomedia, del quiero pero no puedo, con el estrambote del alcalde de Sueca, al que llaman Baldo, que con sus cuatro diputados y no todos de acuerdo, quiso resolver en el último minuto, la cuestión de la investidura, con su propuesta de gobierno. Por ello, y en su lugar, les voy a contar mi viaje a Barcelona, en lo que me he ocupado el último fin de semana.

Hacía muchos años que no la visitaba y la mayor de mis nietos, que allí trabaja, nos convenció, para que fuéramos a verla. Hay un vuelo directo desde Jerez de la Frontera, con vuelta, tan barato como incómodo, que en poco más de una hora te pone allí. Decir que Barcelona es una gran ciudad, con un trazado urbanístico de grandes vías y plazas en chaflán, es una obviedad. A ello se unen monumentos como la Catedral, el Palau de la Generalitat y el Ajuntament en el barrio gótico y los prodigios arquitectónicos que la burguesía catalana encargó a Gaudí. En mi último viaje, en 1976, la Sagrada Familia no se podía visitar, tan sólo contemplar la fachada del Nacimiento. Hoy se ha concluido otra fachada, la de la Pasión, y se ha iniciado la de Gloria. Las previsiones son que para 2026 se concluya totalmente la obra, con lo que, como las grandes catedrales, se habrá terminado en siglo y medio.

El sábado, en un día soleado, se celebraba el día de Sant Jordi y todos, vecinos y turistas, se habían echado a las calles, en búsqueda de un libro y de una rosa. En las afueras se celebraba la Feria Andaluza. Visitamos La Pedrera, otra obra maestra del arquitecto catalán, que le encargó la familia Milá. El viaje se completó con la visita a Montserrat, en un tren que empalma con otro, cremallera o funicular, a elección, y como me gusta la montaña, creo que en España no hay otra que impresione más. Allí, frente a la Moreneta, a la que visitaban en un incesante desfile, oímos la misa dominical y el oficiante, un viejo benedictino, pese a que ninguno de los fieles presentes hablaba catalán (como pudo deducir de la falta de respuestas) pronunció la homilía en esta lengua. En Montserrat presenciamos el espectáculo de teatro y danza del Santo Cristo de Salomón, que relata una historia medieval, protagonizado por los vecinos. Les aconsejo la visita, mientras no sea necesario el pasaporte.

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