Por montera

Mariló Montero

Basura sin espacio

Creíamos que el espacio era un universo lleno de dudas brillantes y acabamos de descubrir que la realidad es tenebrosa. Lo más cerca que los comunes humanos nos hemos podido sentir del espacio es tumbados sobre el suelo de una azotea o un jardín para buscar en las estrellas fugaces confidentes a quienes susurrar un deseo. Los depositamos en ellas, a cuatrocientos años luz, con la inmediatez del pensamiento. Les suplicamos que arranquen una sola posibilidad de realismo en los interrogantes de un agujero negro. Pero ese bello universo en el que invertimos fantasías nos revierte los mismos beneficios que lograrán los confiados clientes del magnate y estafador norteamericano Allen Standford.

El espacio es ahora un auténtico basurero en el que es difícil distinguir la pureza de una estrella de un trozo de satélite cuya cuenta matemática lo devolvería, en algún momento, a su lugar de origen: la Tierra. Dos satélites han chocado a ochocientos kilómetros de altura y más o menos sobre Siberia. Quienes estudian la gravedad de la situación dicen que el accidente ha provocado una cantidad de escombros disparados a 28.000 kilómetros de velocidad. Preocupa, pues, la integridad de la Estación Espacial Internacional. El espacio está atiborrado de satélites. El caos es indigno de la finura de los cerebros que son capaces de llevar a un hombre a la luna. La imagen espacial del globo terráqueo tiene la apariencia de una marabunta de insectos voladores que en vuelo bajo tendrían el mismo endiablado interés por nosotros que los pájaros de Hitchcock.

Como el espacio no es de nadie, es de todos. Como todos no pueden o no saben ir al espacio, es de unos pocos. Unos pocos que toman el espacio como justificación para sus experimentos de los que nos beneficiamos todos. Desde que nos han enseñado el back-stage del espacio, la trasera del escenario del cielo del mundo, parece necesario un buen gobierno espacial. La colisión se ha producido entre un satélite ruso y otro americano, ambos con funciones dudosas ¿Quién se responsabilizaría de un accidente terráqueo? ¿Habrá que poner fronteras en el espacio para un reparto de responsabilidades y una división legislativa? ¿Una Magdalena Álvarez que se encargue de regular el tráfico al objeto de que no caiga sobre nuestra cabeza esa basura espacial, esa chatarra que los especialistas lanzan y no recogen, sería necesario? O más simple: una ley cívica, el sentido común, como el que obliga a recoger las heces del perro. Esa nada, que es nuestro todo, que ha sido humanizada con lo peor del hombre: la basura.

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