el periscopio

León Lasa

Basura: reciclar no

NO sé si, como postulan algunos, vivimos en la sociedad del riesgo, o -quizá más acertadamente- de la decepción o del desencanto, pero de lo que no me cabe ninguna duda es que si algo nos caracteriza es la producción incesante y creciente de desechos. Dentro de dos mil o tres mil años, cuando quienes nos sucedan encuentren y estudien los restos de esta civilización alocada igual que nosotros hacemos con la de los sumerios o la de los hititas, pensarán que rendíamos culto a todo tipo de basura. Parece hasta cierto punto inevitable que un aumento en lo que llamamos nivel de vida, es decir, el nivel de consumo de bienes materiales, conlleve inevitablemente un incremento en la producción de basura. El problema no es nuevo: ya la Roma clásica fue capaz de formar un colina completamente artificial de más de cuarenta metros de altura -el monte Testaccio-- a partir de las ánforas vacías del aceite que venía de Hispania. Según parece no era rentable lavar los recipientes y mandarlos vacíos de nuevo a la Bética. ¿Le recuerdan a algo? En la actualidad, un caso análogo pero exponencialmente mayor, sería la denominada sopa de plástico que cubre más de un millón y medio de kilómetros cuadrados (tres veces España) del océano Pacífico. Y desde el espacio, las dos únicas obras humanas que pueden ser observadas son la Gran Muralla China...y el vertedero de basuras de Staten Island en Nueva York.

Se calcula que cada habitante de los países desarrollados genera una media de más de un kilogramo y medio de basura y día, habiéndose incrementado exponencialmente en las últimas décadas. Para el año 2030 se cree que solamente un país, China, generará más de 500 millones de basura al año. Por eso, cuando entramos en una tienda y resulta que todos, absolutamente todos los envases son de un solo uso, de usar y tirar o, en el mejor de los casos, de usar y reciclar, únicamente se puede pensar en nuestra propia insensatez. ¿Se acuerdan los de más edad cuando había que devolver la botella en la tienda para poder comprar la leche, la cocacola o el vino, o si no te pedían el dinero? ¿Sería tan complicado volver a lo que ya teníamos? ¿Durante cuánto tiempo nos podremos permitir el lujo, y la aberración, de utilizar millones de envases para después arrojarlos al contenedor? Bien es cierto que apenas nos tomamos la molestia de reciclar (tengo la sensación de ser un auténtico imbécil cada vez que acudo a un contenedor amarillo, azul o verde, viendo lo que hacen algunas tiendas o restaurantes). Pero aún es más cierto que la solución no es reciclar, que conlleva un costo energético indudable, sino de reducir y reutilizar, verbos que hemos olvidado conjugar en nuestra -efímera- época de nuevos ricos.

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