La Noria

Carlos Mármol

Batalla en la república fenicia

Las 'familias socialistas' intentan buscar reacomodo en los escasos puestos a repartir tras la debacle del 22-M. La próxima guerra serán las listas al Congreso y al Parlamento. Los 'críticos' reavivan el descontento interno

NAPOLEÓN decía que la política es una fatalidad moderna. En el caso de los socialistas sevillanos, el 22-M se ha convertido en Waterloo: la convocatoria electoral ha terminado en lo que los franceses llamarían fatalité. O lo que los griegos denominan katastrophe. Algo presente y con visos de convertirse en permanente. La situación interna, que nunca estuvo bien, ha empeorado; como ocurre después de todas las debacles.

Los tratadistas políticos clásicos sostienen que un periodo de destierro es necesario en toda carrera política. Los mensajes más trascendentes de la humanidad, aquellos que construyen valores e ideas, incluso los religiosos, y la política no es más que una extraña forma de religión, proceden siempre de los desiertos, el fracaso, el retiro, la inevitable caída en desgracia. Los socialistas sevillanos se enfrentan ahora a eso mismo: un singular infierno que avistan con un grado de desconcierto sólo comparable a la sensación de repentina fractura de un imperio que, como todos, se imaginó eterno y será perecedero.

Claro que, en todo hundimiento, el estilo es lo que marca las diferencias. Se puede fracasar con dignidad, valentía e incluso cierto heroísmo, aunque ninguno de todos estos atributos libre nunca a los derrotados de las miserias de la condición humana: teléfonos que dejan de sonar, confesiones de solidaridad privadas que en público nunca se expresan, cobardías, desconfianza, adhesiones que sólo buscan el interés propio. La vida.

La situación del PSOE de Sevilla no responde a una foto fija. Tiene múltiples lecturas. Tantas como familias cohabitan dentro de la organización. Pero el denominador común de todas ellas pasa por la ausencia de un liderazgo indiscutible en el seno orgánico. Por supuesto, formalmente no existe vacío de poder: la secretaría general sigue en manos de José Antonio Viera, que ya dijo en su momento que (salvo novedad procesal) su mandato terminará cuando está oficialmente previsto (2012), nunca antes, y la ejecutiva (oficialista en su integridad, aunque no tan monocolor como se supone) rige los rumbos del partido. Hacia qué dirección concreta ya es otra cuestión distinta.

La realidad, sin embargo, es que en Sevilla capital -donde las distintas agrupaciones socialistas aún se encuentran divididas en un bando rebelde y otro afín a la actual dirección- las tensiones de siempre se han intensificado en las últimas semanas por tres motivos: la propia derrota, la reducción del campo de juego (para todos) y la creencia, por parte de los críticos, de que ya cuentan con el pretexto que esperaban, en algunos casos hasta con entusiasmo, para volver a dar su particular batalla con objeto de poder contar algo en el PSOE.

No es una casualidad que en estos compases iniciales del nuevo mandato municipal tanto el PP, que sigue obsesionado con amplificar la crisis interna de los socialistas a pesar de sus 20 ediles electos, como determinados sectores del PSOE -en buena parte procedentes de la etapa de Monteseirín- coincidan por separado (o quizás no tanto), por vías indirectas, en tratar de poner en cuestión la figura del candidato socialista, Juan Espadas, que hoy se convertirá en el nuevo jefe de la oposición.

Tal ofensiva no es gratuita ni fruto de una determinada posición ideológica. Responde al poder en su condición menos noble: la capacidad para mantener en la política activa -cobrando de las arcas públicas pero dedicados en exclusiva a la actividad partidaria- a los cuadros afines. La escuadra. Nada que no haya ocurrido antes, aunque la intensidad de la actual derrota dibuje un escenario más dramático: un caudal de cargos de confianza, esenciales en la composición de fuerzas y los equilibrios de poder en el seno de las distintas asambleas territoriales buscan acomodo en los escasos lugares disponibles.

Dos son los terrenos inmediatos de enfrentamiento: la cuota de asesores externos del grupo municipal socialista -que oscilará entre seis y ocho personas- y la Diputación, donde Fernando Rodríguez Villalobos se ha convertido -descontando los puestos autonómicos, cuya vigencia en el tiempo es de sólo diez meses- en el gran deseado por unos y otros. Los suyos y los ajenos.

Como la oferta de puestos a repartir es escasa y la demanda bastante grande, y la aritmética todavía no sirve para hacer milagros, los que entran en juego son los padrinos y las madrinas, que intentan buscar refugio seguro a sus peones para no perder ni su cuota de respaldo orgánico (deserciones, cambios de mando) ni la apariencia de solucionar la vida ajena que siempre ha ido asociada al poder.

Las presiones en el caso del grupo municipal todavía están abiertas. Los susanistas han intentado lanzar a las agrupaciones el mensaje de que ellos controlarán el grupo (están empotrados en la lista de Espadas) a través de Alberto Moriña, su referente municipal, que hace unos días filtró que iba a ser el nuevo portavoz. Obvió, sin embargo, algunos datos objetivos: Espadas ha articulado en realidad un núcleo duro de tres personas (Mercedes de Pablos, Eugenio Suárez Palomares, Antonio Muñoz) que estarán por delante de Moriña en las labores de dirección. La jefatura del grupo la ejercerá directamente él. El mensaje político a las agrupaciones, en su mayoría críticas con la actual dirección, y en las que Espadas no tiene más remedio que apoyarse para los cuatro años de oposición que tiene por delante, es nítido: los susanistas no tendrán el mando exclusivo del grupo municipal. El objetivo: no perder la autonomía, pese a todos sus inconvenientes, lograda a la hora de elaborar las listas. Algo necesario para poder trabajar desde el ayuntamiento sin interferencias externas y vital si, en el futuro, en el horizonte de 2012, Espadas pretende jugar un papel orgánico que pueda compensar la evidente erosión del liderazgo oficial, discutido por algunas agrupaciones a pesar de su triunfo en el congreso de 2008.

El sector crítico tampoco mantiene una posición única: derrotados tras el pulso a Viera, hay quienes analizan la situación interna para una hipotética rebelión y quienes juegan a la integración. ¿Cómo? Tendiendo la mano a la dirección y al candidato a cambio de ganar cuota. Una estrategia que no obstante combinan con la amplificación hacia el exterior de cualquier episodio de tensión entre las agrupaciones y la dirección, frecuentes además dada la difícil coyuntura política y humana que se vive en el PSOE sevillano. La táctica: pax interna con protagonismo o ruido.

Tras la composición del Ayuntamiento y la Diputación -la pelea inmediata- la siguiente batalla serán las listas para las elecciones generales y autonómicas. Diciembre. Pretendientes para ser diputados regionales o nacionales -incluso con un escenario de derrota- suman ya legión entre los históricos, los oficialistas sin sitio, los críticos con ambiciones y quienes desean seguir. No va a haber sitio para todos incluso aunque el Parlamento andaluz gane diputados.

En todos los debates -reuniones que terminan a gritos, asambleas de cinco horas de duración en las que el candidato debe aguantar el tipo ante militantes ofuscados que dan su visión de la derrota, encuentros en restaurantes (en algunos casos, los últimos pagados con dinero municipal)- se repiten distintos argumentos (siempre a conveniencia) en los que, no expresamente, sino de forma tácita, subterránea, late la misma pulsión interior: el pánico a quedarse sin asidero. Dicen que el cambio es la única forma de perdurar en la vida. Los socialistas han mutado tanto desde los tiempos en los que renunciaron al marxismo ("antes socialistas que marxistas", decían) que, en lugar de ideas o propuestas, la polémica no sale de los cauces fenicios. Fenicia: dícese de la frágil república de navegantes del Mediterráneo que no dejó filosofía ni grandes obras arquitectónicas. Un imperio exclusivamente mercantil, diluido por el correr de la historia, cuyo único objetivo era el comercio. El dinero.

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