En tránsito

Eduardo Jordá

Beatitud autonómica

HOY es el Día de Andalucía. Nadie puede dejar de sentirse orgulloso por esta celebración. Nunca ha habido un periodo de la historia de España en que un andaluz haya tenido más motivos para sentirse identificado con sus instituciones. Pero me pregunto si no sería hora de hacernos unas cuantas preguntas con respecto al curso que está tomando el Estado de las Autonomías. ¿Sirve de algo, por ejemplo, que en este país haya diecisiete calendarios de vacunación diferentes y diecisiete licencias de caza y diecisiete Historias de la Literatura Universal? ¿Sirve de algo que haya una tarjeta sanitaria por cada autonomía?

El verano pasado llevé a mi hija a un hospital público de Mallorca. Todo fue sobre ruedas -trato exquisito, amabilidad, eficiencia- hasta que llegó el momento de mostrar mi tarjeta sanitaria del SAS. El documento provocó cierta alarma, como si hubiera podido contener plutonio radiactivo, y fue sometido a un riguroso escrutinio. En un momento dado, una funcionaria llegó a doblar la tarjeta como si estuviera comprobando que no era un billete falso. Al final, tras un silencio ominoso, llegó el dictamen: "Tendremos que atender a su hija como desplazada". ¡Desplazada! La palabra "desplazada" suena a refugiada de guerra o a víctima de una catástrofe. Estaba claro que aquella funcionaria pensaba que nos hacía un favor atendiendo a mi hija, una "desplazada" llegada de Dios sabe dónde ni con qué siniestras intenciones. ¡Desplazada! No me extrañaría nada que dentro de poco se cobre a los "desplazados" un plus de asistencia sanitaria.

En ciertos aspectos estamos volviendo a la España de los Austrias, en la que había que pagar derechos de aduana cuando se cruzaba un río o se entraba en un territorio administrado con arreglo a un remoto privilegio del siglo XII (antes de Cristo). Pero lo más curioso es que nadie se da cuenta de que este tipo de Administración fragmentada y duplicada (o multiplicada por diecisiete) es insostenible en términos económicos. Ni una sola empresa privada podría ser rentable si se administrase de la misma forma. Y lo malo es que este Estado fragmentado y caprichoso y egoísta, que crea "desplazados" internos a los que se mira con malos ojos, sólo favorece a la larga a los partidarios del desmantelamiento del Estado del Bienestar. Y es que muy pronto alguien dictaminará que el Estado de las Autonomías -con su inextricable ordenamiento jurídico y fiscal y sanitario y educativo- se ha vuelto ingobernable, y por tanto la única solución será privatizarlo. Y entonces habrá que decir adiós a la sanidad pública y a las pensiones y a los subsidios de desempleo. Y ese día sabremos de verdad lo que se siente al ser un "desplazado".

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