RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Benjamin Button

Q caricia plena del cristal va a restablecer la superficie. Cómo se camufla el tiempo de aire, su cortina de piel, los rasgos decididos en un contorno de agua, en un avejentar de juventud, en un ir hacia atrás como el reloj que señaló la muerte de los hijos bajo el ámbar de sal de la Gran Guerra. Así nació Ben Button, el increíble Benjamin, con las facciones ya delineadas por un cincel de tiempo, por un roce invertido de las fauces del día erosionando el sueño. Benjamin Button, el último suspiro de Fitzgerald que ha sido llevado al celuloide, amaneció ya viejo al día de nacer, y luego con el paso de los años fue rejuveneciendo, como un globo aerostático que a medida que asciende por el cielo ha ido liberando del peso de su carga, va soltando así su lastre de años, para llegar quizá a su madurez mucho más ligero, más suave, con la conciencia así de lo elevado pero también del friso o la extrañeza que causará en los otros.

El curioso caso de Benjamin Button no es el mejor relato de Fitzgerald. Es, en todo caso, una buena idea, nada más que una buena idea: la historia de un hombre que ha nacido ya convertido en anciano, y que va adquiriendo la apariencia cada vez mayor de juventud a medida que cumple años. Esto, que en Scott Fitzgerald apenas fue un esbozo, seguramente el marco de un guión que no le dio tiempo a escribir en sus últimos años como guionista asalariado en Hollywood, se ha convertido en una película poblada de matices, de una plasticidad de ensoñación que ha encontrado en los pliegues de la falda plisada de Cate Blanchett el mejor aluvión como heroína, quizá ese personaje femenino que Scott habría podido desear como acompañante del asombro de la vida de Benjamin: porque, conociéndose en la infancia, a medida que Benjamin va creciendo y, por tanto, rejuveneciendo, mientras que Daisy, ese amor de infancia que ha ido apareciendo y desapareciendo con los años, se ha ido convirtiendo ya en mujer, en toda una mujer que alienta al sol con la voracidad de quien sí tiene todo el tiempo del mundo que perder: pero en sentido inverso, porque pronto comprende que la vida sólo le reservado, como a todos, unos años felices, y el resto ya será recuerdo de esos años.

Así, si un hombre rejuvenece al cumplir años, y una mujer los cumple de verdad, sólo habrá un instante en que los dos podrán reconocerse en un espejo, en el mismo espejo de su felicidad. Después, él seguirá volviéndose más joven, un muchacho, ya un niño, y ella en una anciana que cuidará del niño hasta el final: cadáver de un bebé. La plenitud, su beso junto al lago, no puede durar eternamente.

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