La esquina

Berlusconi no quiere que le escuchen

BERLUSCONI no se corta un pelo, aunque se lo tiña con frecuencia. En su primera etapa como presidente del Gobierno italiano hizo todo lo posible, que fue mucho, por recortar las alas a los jueces y fiscales empeñados en perseguir a los parlamentarios, alcaldes y empresarios corruptos, que casualmente eran amigos suyos en muchos casos. También casualmente, él mismo se benefició de aquellos cambios jurídicos.

En esta segunda etapa de su gobernación, avalado y crecido por el apoyo mayoritario de los italianos (se han educado tanto en la picaresca que están dispuestos a convertirla en la sustancia de su sistema político), Il Cavaliere ha dado un paso más en el camino de blindar distintas modalidades de la corrupción, que es también una forma de autoblindarse. Una vuelta de tuerca más a su idea irrefrenable de confundir los intereses públicos con los intereses privados: los suyos como magnate. Es su condición.

La novedad consiste en un proyecto de ley, a aprobar pasado mañana, destinado a restringir las escuchas telefónicas que puede ordenar un juez sólo a los sospechosos de delitos especialmente graves, como terrorismo, crimen organizado y violencia sexual. No se podrá, en cambio, intervenir los teléfonos para investigar delitos de prevaricación, soborno, estafa y extorsión. La delincuencia de cuello blanco quedaría así prácticamente inmunizada, puesto que sin escuchas la obtención de pruebas se hace muy complicada, salvo arrepentimiento y delación de alguno de los implicados. Los delincuentes serán más bien el magistrado que ordene el pinchazo a un presunto corrupto, el jefe policial que lo ejecute y el periodista que publique la conversación grabada. Todos ellos son castigados por la nueva ley con cinco años de cárcel.

El pretexto esgrimido por Berlusconi para proceder a esta desnaturalización de la democracia -siempre hay un pretexto- es que en Italia se espía a más de cien mil personas en un año, lo que atenta contra el derecho a la privacidad y dispara los gastos judiciales. Será verdad, pero el remedio sería imponer condiciones estrictas para que un juez pueda autorizar una escucha, no prohibir que autorice ninguna en sus investigaciones de corrupción. Como digo, es un pretexto. Lo que Silvio Berlusconi busca está muy claro: crear otra zona de impunidad para los que han convertido a Italia en campeona de la política entendida como negocio y los negocios amparados por la política.

Berlosconi no se corta un pelo, no, pero tampoco engaña. El proyecto anti-escuchas estaba en su programa electoral. La triste duda es si los italianos, al votarlo otra vez, no sabían dónde les lleva este hombre o lo sabían demasiado bien.

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