Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Un poco de Billy Wilder

ME creerán o no, pero llevaba varias horas imaginando maldades con esas dos palabras, Billy Wilder, cuando desde la cocina acudí al salón alertado por mi dueña. "Paco, deja lo que estés haciendo. Van a poner Primera Plana". Hasta mi hijo se contagió de las carcajadas provocadas por un guión majestuoso y unos actores como la copa de un pino en la sátira más despiadada del oficio de periodista. Yo había pensado en Billy Wilder porque lo echaba en falta. El Dios de la intervención de Fernando Trueba cuando le dieron el Oscar por Belle Epoque. Estoy convencido de que existe un campo magnético de afinidades gobernado por unos duendes que, en el argot de Bernabé Tierno, autor de manuales de autoayuda, se dedican a atraer a los agentes tónicos y espantar a los tóxicos.

Voy al cine mucho menos de lo que debiera, pero ni siquiera cuando iba casi a diario me consideré con autoridad para opinar del arte más sofisticado del siglo XX. Me he dormido en muchas películas, incluso en las malas. Como los de mi generación, algunos de los mejores momentos de mi biografía transcurrieron en el patio de butacas de una sala de cine. Pero no soy un entendido. En todo caso, un malentendido lleno de imágenes al que le cambió la vida Muerte en Venecia y que siempre quiere irse de vacaciones con Monsieur Hulot.

Echo de menos a Billy Wilder y hago votos para que vuelva a iluminarnos. En España las películas que se promocionan tratan del asesinato a sangre fría de dos jóvenes guardias civiles en Capbreton o del calvario de una chiquilla desde que enferma hasta que muere. No he visto las películas de Jaime Rosales ni de Guillermo Fesser, cineastas que me merecen respeto y admiración. Son la punta del iceberg de un drama: en España nos hemos olvidado de la comedia. Y pronto saldrán películas sobre la plaga de las mujeres asesinadas. Fenómeno que no necesita películas, sino policías, jueces y cárceles de mil barrotes.

Barajo dos hipótesis para explicar la muerte de la comedia en el cine español. Es un género que ha sido asumido casi en monopolio por la televisión, como cuando los periódicos anularon el protagonismo de los semanarios. Berlanga respondía con humor e inteligencia a los retos de un país pobre, aislado, cazurro. Sus nietos generacionales, como heredaron un país rico, globalizado, glamuroso, no tienen entre sus necesidades estéticas la provocación de la risa sana, de la sátira. El bienestar ha castrado a los cómicos, que en el cine son mirados como bichos raros y en la televisión, como le pasó a Paco Algora, le piden el currículum. Es lo único bueno de la crisis, que puede propiciar la resurrección de Billy Wilder. O de alguno de sus profetas.

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