EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Bombay

ESTUVE en Bombay hace tanto tiempo que la ciudad todavía se llamaba así, Bombay, como la ginebra de botella azul, y no Mumbai, que parece el nombre de un sultanato en la Costa de los Piratas. El aeropuerto era pequeñito -y no la monstruosa terminal que hay ahora- y estaba en un barrio llamado Santa Cruz, al que había que llegar sorteando vacas que masticaban hojas de periódico. Los trenes tenían reservados de primera clase, en los que un criado con un turbante blanco -como en una viñeta de Tintín- servía el desayuno en un servicio de plata bruñida. En las calles había templos hindúes, iglesias cristianas, sinagogas, mezquitas y santuarios con muchas esculturas de elefantes y de serpientes, que no se sabía si estaban dedicadas a un millonario constructor de autocares o a un espiritista que ponía en contacto al tío que se había muerto sin hacer testamento con sus sobrinos que seguían en este mundo sin saber cómo llegar a fin de mes.

En Bombay vi uno de los espectáculos más bellos que he visto en mi vida. Un día de julio, después de ochos largos meses de sequía, por fin empezó a llover. Yo estaba en un cine abarrotado de espectadores (Bombay, no sé si lo saben, es Bollywood, el Hollywood hindú). Al oír el ruido de la lluvia, todo el público se echó a la calle. Los niños empezaron a saltar en los charcos. Y de repente apareció, llegada de no se sabe dónde, una banda de música con sus gorras de visera y sus viejas americanas azules con botonaduras doradas. Todos los músicos iban empapados, pero tocaban jazz de Nueva Orleans, y el clarinetista se permitía un arpegio mientras le guiñaba el ojo a una chica, y la gente los miraba en la acera bajo la lluvia. Y cuando la banda se fue, el público volvió a sus asientos y continuó viendo la película: un musical con policías que bailaban y cantaban mientras freían en una parrilla a un tipo barbudo, al que todo el público insultaba y gritaba porque -me temo- le había tocado ser el malo de la película. ¡Ah, Bombay, la vida!

Supongo que es por eso que los yihadistas la eligieron para escenificar sus monstruosas ceremonias de destrucción y de muerte. Es curioso lo poco que hablamos aquí del peligro más grave que corremos, mientras nos enzarzamos en discusiones ridículas sobre la Guerra Civil. Si contamos los artículos iracundos que se han escrito contra Bush (mírenlo en Google) y luego contamos los artículos que se han escrito sobre la amenaza de la Yihad, gana Bush por cien a uno. Es portentoso. Pienso en Bombay, y en sus músicos que tocaban jazz de Nueva Orleans, y en sus calles llenas de tenderetes y rickshaws, y sé que ellos ganarán la batalla, mientras que nosotros -los tontos de esta película- seguimos peleándonos por los muertos de la Guerra Civil.

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