La tribuna

Ana / carmona

El 'Brexit' ante el espejo británico

EL Reino Unido abandonará la Unión Europea. Tras el triunfo del no en el referéndum celebrado el 23-J, ambas orillas del Canal de la Mancha afrontan una situación inédita cargada de una descomunal complejidad cuyo desenlace final nadie conoce. Centrándonos en la perspectiva británica del asunto, el primer aspecto a reseñar es que apenas concluido el escrutinio de los votos de la consulta popular ha quedado en evidencia que la travesía que conducirá hacia el más allá europeo aparece rodeada de ingentes peligros y no menos trascendentes incógnitas. Para empezar, la dimisión en diferido del primer ministro David Cameron (que no se hará efectiva hasta octubre) deja suspendida en el aire nada menos que la identidad del responsable llamado a pilotar la delicada operación. Con un Boris Johnson exultante tras el respaldo popular obtenido a su decidido y no menos arriesgado posicionamiento a favor de la salida frente a la tesis sostenida por Cameron, parece evidente que el liderazgo del (muy damnificado y dividido) partido conservador está decidida. Cuestión mucho más importante es si la sucesión al frente del Gobierno será automática o si, por el contrario, requerirá la convocatoria de unas nuevas elecciones. Porque no puede perderse de vista que la existencia en el Parlamento de Westminster de una mayoría (al menos) formalmente a favor de la permanencia en la Unión Europea, con un único diputado del euroescéptico UKIP, supone un choque frontal con la voluntad popular manifestada en la consulta. Los resultados divergentes arrojados por el mecanismo de democracia representativa (elecciones generales) frente al instrumento de democracia directa (referéndum) lanzan un torpedo directo contra la línea de flotación de la legitimidad de la asamblea legislativa. Habrá que esperar acontecimientos, también en el deslavazado frente del partido laborista con un Jeremy Corbyn en horas muy bajas tras el deslucido papel jugado en la campaña del referéndum, pero cabe aventurar que la convocatoria de nuevos comicios resulta inesquivable.

Por otra parte, a escala territorial, los resultados del Brexit han servido para volver a dejar al descubierto las importantes tendencias centrífugas que anidan en el interior de un Reino Unido, que cada vez lo está menos. El mantenimiento de la tradicional configuración de Gran Bretaña como un Estado plurinacional integrado por cuatro naciones que coexisten bajo la misma Corona queda seriamente tocado. El rotundo apoyo manifestado al proyecto europeo por el electorado de Escocia e Irlanda del Norte, frente al masivo rechazo cosechado en Inglaterra y Gales ponen en evidencia que la magnitud de la fractura preexistente se incrementa y que los cimientos sobre los que se basa la construcción estatal británica son cada vez más exiguos. La sombra de un nuevo referéndum independentista en Escocia ha empezado ya a planear con fuerza en el horizonte y esta vez, ironías del destino, la clave para marcharse del Reino Unido sería precisamente la misma que se utilizó en la consulta de 2014 para quedarse: la pertenencia a la Unión Europea.

No menos preocupantes son los resultados desde una perspectiva de cohesión social, ya que frente al no rural, los enclaves urbanos -con Londres a la cabeza- se han decantado por permanecer en Europa. Asimismo, frente al rechazo generalizado de la población anciana, los jóvenes han puesto de manifiesto una decidida vocación europeísta. La gestión de un contexto social tan fragmentado va a operar como un serio condicionante de cara al futuro.

Ahora bien, como elemento de fondo que impregna todo el discurso en torno al Brexit se impone una reflexión de alcance general en torno a la misma celebración de la consulta. Someter a referéndum una cuestión tan compleja y cargada de tantos matices como es permanecer o no en la Unión pone en evidencia una actitud de extraordinaria irresponsabilidad política, situando a la ciudadanía ante la disyuntiva de jugárselo todo a cara o cruz. Y lo que es todavía más grave, admitir que el resultado de una operación tan trascendente se decida por mayoría simple, sin exigir un consenso reforzado a la altura de las circunstancias conduce a una situación muy comprometida en términos de calidad democrática.

El Brexit ha triunfado, pero el margen obtenido por la victoria ha sido muy reducido e insatisfactorio. En términos porcentuales, el partido ha quedado en torno al 52% a favor del no frente al 48% que apoyaba el sí. Numéricamente, sólo un millón de votos ha separado una opción de otra. Se dirá, con toda la razón, que no es una cifra irrelevante. Ciertamente, pero la constatación de una minoría tan mayoritaria impide afirmar que la cuestión planteada se haya solventado en términos adecuados.

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