Eduardo Florido

Brindis eterno por un hombre andaluz

SÓLO dos días antes de que su cuerpo se rindiera a la evidencia de la naturaleza, cumplió por última vez con su público. Acudió al programa de Jesús Vigorra como cada miércoles, para soltar sus chascarrillos y su guasa y cantar alguna sevillana. Luego cruzó el río por última vez para refugiarse en su casa, sobre la taberna Quitapesares. Los oyentes no sabían que habían escuchado por última vez la voz ronca y telúrica de José Pérez Blanco, Peregil. Pepe murió con las botas puestas, al pie del cañón, repartiendo alegría y haciendo reír pese a que la enfermedad le había minado las entrañas. Hasta el último día, hasta el final, cumplió con su andaluza forma de ver el mundo: la alegría de vivir por bandera.

La figura de Pepe y su forma de sobrellevar la enfermedad han sido un monumento al alma de la tierra que representó y que proyectó al mundo entero. Un fidelísimo homenaje a sí mismo y al personaje inolvidable que encarnó. Un escrupuloso reflejo de la esencia de lo que fue y será en nuestra memoria, un hombre andaluz, tocado por la gracia de los artistas. Simplemente eso: la procesión de la pena siempre por dentro, para uno mismo; la sonrisa siempre para el prójimo, para el vecino o el amigo, en un brindis constante a la suerte de vivir por encima de los penosos avatares de la vida. Incluso en las asépticas y frías salas del hospital Pepe sacaba fuerzas para un chiste, un cantecito o una anécdota de aquello que le pasó con Rocío Jurado, con Alfredo Kraus, con Curro Romero, con la Esmeralda o con el mismísimo Rey de España.

Desde Manzanilla a Matalascañas, desde la Puerta Real a la Puerta Osario, desde El Rocío a Sanlúcar, desde Cádiz a Huelva su figura impregnará para siempre miles de rincones de esa Andalucía la Baja que tanto amó y a la que sirvió desde su puesto de mando en Sevilla, la ciudad dual en la que tan bien encajó su tremenda y ruidosa personalidad. Pepe Peregil, un currante del arte y de la taberna, hizo derramar muchas, muchísimas lágrimas en su prematuro adiós. Pero por cada lágrima vertida nos deja una sonrisa, una carcajada sincera, un recuerdo entrañable, un requiebro saetero cuyo eco seguirá sonando la tarde esplendorosa del Domingo de Ramos o la noche profunda del Lunes Santo, un brindis eterno por la suerte de haber compartido con él la alegría de vivir.

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