Burla y escarnio

El reencuentro. La autora narra el acercamiento entre una persona que ha sufrido las crueldades de la vida y el Señor de la Salud y Buen Viaje, en quien busca consuelo

YA sé que me habías echado de menos. Que hacía tiempo que no me veías pasar empujando ese carro lleno de chatarra con el que rompía los silencios de la calle, y que era el pregón de los que se buscan la vida donde otros la desechan. Que te han dicho que me han visto pasar con prisa, casi como un suspiro. Con el despropósito nervioso que hace correr a los que no tenemos dónde ir. Con la mirada baja, huidiza, como la humillación del toro que se sabe ya vencido y entrega su hombría al baile hipnótico de la muleta. Con la zancada larga y perdida para acelerar el tránsito. Las manos en los bolsillos vacíos, dolorosamente vacíos. Y es que mi prisa es mi coartada. Porque yo quiero y no quiero pasar delante de ti, Padre.

Yo sé que me has llamado y me esperabas. Que intuías mis pasos, y te ha dolido tanto verme cruzar la acera, sin girar la cabeza, huyendo del abrigo suave de la reja de tu ventana, que hay quien dice que ha visto más oscura la capilla. Esa ventana por dónde tantas veces quise atrapar el consuelo a mi desamparo. Este desamparo dibujado en los labios de tu Madre y en el de los que ya no tenemos barrotes a los que agarrarnos. Desamparo de los que vemos como nos atrapa la penumbra de la incertidumbre en el abismo de una botella. Por eso no puedo mirar esa bendita ventana donde se enredan las plegarias de los que buscamos en tu dolor el nuestro. Ventana donde tantas veces te he pedido que añadieras al peso de la cruz que te espera, el de la cruz que yo no tenía ya fuerzas para llevar sin importarme el dolor de tu calvario.

Porque nadie mejor que tú sabe de mis penas, de mis soledades, de esas espinas que sin corona me tatúan esta manchada frente con un dolor sin estigmas. Del hambre de caricias que a mis manos desprotege y que las ha vestido del temblor de la ausencia. Ausencia de los míos, ausencia de mi dignidad, ausencia de mí mismo, al que ya ni siquiera reconozco. Manos hechas para trabajar y que ahora, injustamente desocupadas y sucias están perdidas, están inertes. Manos que han sufrido el abandono. Manos que por no poder llevar el sustento a los suyos, han preferido marcharse y abandonarlo todo. Ése es el precio de la cobardía de los que no tenemos tu valor, Padre mío.

Tú sabes que mis noches son cuevas de desvelos por donde se han perdido las últimas ilusiones de mi vida al amparo de unos cartones. Una vida que se ha ido desangrando latigazo a latigazo, como tu espalda. Una vida que se ha burlado de mí, que ha hecho escarnio de mi trabajo, de mi familia, de mis amigos. Una vida que se ha alejado tanto de lo que soñaba de joven que ahora se ha convertido en una muerte que late en mi pecho. Y por eso cada día yo iba a buscarme en tu mirada. A encontrar la fuerza para seguir en la complicidad del escarnio. A contarte que yo también había sido burlado, y que como tú en mi mano llevaba la vara y habían cubierto mis hombros con el paño púrpura. Que de mis ojos brotaban las mismas lágrimas de cristal que de los tuyos, y que quizás por eso el frío de la nieve había empezado a soñar mi pelo para llegar hasta la desnudez de tu pecho. Qué también me llamaron loco y escupieron sobre mi rostro, y ya no me importaba.

Burla y escarnio nos han unido, Padre, burla y escarnio nos han puesto a prueba. Pero yo ya no tengo arrojo para seguir, y por eso evito tu ventana como el que evita la mirada del Padre al que has decepcionado.

Y lo que más me duele es que sé que no me lo has tenido en cuenta Padre mío. No me lo has apuntado en el debe de la larga lista de pecados que este hombre guarda, y no has anotado el desdén con el que paso por tu ventana y no me paro a rezarte. Ésa es tu grandeza, la del infinito perdón.

Por eso este martes, que es martes bendito para el barrio, donde las calles se estrechan y las puertas de los templos desafían a las bambalinas en el reto más hermoso que la Semana Grande ofrece y donde la cera se derrite pidiendo salud, yo vengo a mirarte a la cara. A pedirte que me dejes acercarme de nuevo a ti. A quitarte ese manto púrpura y esa vara que araña tu mano. A proclamar que eres barro y madera bendito. Y que aquí me tienes otra vez, surgiendo del remolino de mis cenizas. Porque hoy empieza de nuevo mi viaje, porque en el borde estremecedor de tu palabra se esconde el principio de mi resurrección.

Rosa

G. Perea

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