Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

El Cabo Persianas

ESE es el apodo con el que en Sevilla nos referimos al edificio número dos de la calle San Pablo. Un edificio racionalista edificado en 1940, con diseño de los arquitectos Rafael Arévalo Carrasco y Gabriel Lupiáñez Gely, este último también autor, unos años antes, del Mercado de la Puerta de la Carne. Ya saben que en nuestra ciudad cuando se trata de poner un apodo no falta el ingenio, generalmente sirviéndose, como en este caso, de una comparación graciosa entre el edificio racionalista, que con sus formas redondeadas y ventanas recordaba los puentes de mando de los buques trasatlánticos como los que la naviera Ybarra y Cia., con sede en Sevilla, disponía para las distintas rutas que cubría habitualmente. Varios de estos buques se llamaban Cabo Cervera, Cabo Tortosa, Cabo de Buena Esperanza y Cabo de Hornos, que después de muchos años de servicio fueron desguazados en la década de los cincuenta del pasado siglo. Más tarde vendrían los nuevos buques Cabo San Roque y Cabo San Vicente con los que la naviera vasco-andaluza afrontó la segunda mitad del siglo.

Todos aquellos barcos con nombres de cabos fueron finalmente vendidos o desguazados y el edificio de la calle San Pablo, en cierto modo parece varado a la espera de desguace o mejor destino. A pesar de ser uno de los principales edificios racionalistas de Sevilla y figurar en el Registro Andaluz de Patrimonio Arquitectónico del siglo XX, el estado de conservación de su fachada deja mucho que desear. Y ello a pesar de las numerosas ordenanzas municipales que teóricamente deberían conseguir que los edificios de Sevilla estén en perfecto estado de conservación. No es el caso del Cabo Persianas. La fachada necesita pintura, sobran letreros inadecuados y fuera de ordenanzas y, sobre todo, las famosas persianas que le dieron nombre, están en parte viejas y desvencijadas, y en parte sustituidas las originales por persianas de lamas de plástico, de varios tonos "para más inri". También toldos diversos y otros elementos ajenos al edificio original. En fin, no tienen más que pasarse por el céntrico edificio, esquina a la Plaza de la Magdalena, para hacerse su propia opinión.

Y llamo la atención sobre este edificio porque la arquitectura racionalista de Sevilla, con ejemplos brillantes como los mencionados y otros, como por ejemplo la casa de Muebles Lastrucci en la calle Álvarez Quintero (1934), obra de los arquitectos Juan Talavera y Heredia, Luis Gómez Estern y Alfonso Toro, merece ser considerada por los sevillanos como una página brillante de la arquitectura de esta ciudad. Después de las luces y sombras de la Exposición del 29, de pasar una Guerra Civil, y en medio de la gris posguerra, la construcción en la Sevilla de 1940 de un edificio como el Cabo Persianas debió levantar una expectación comparable a la entrada en estos tiempos por el río de un crucero turístico de más de once cubiertas, que muchos sevillanos hemos ido a ver desde los puentes y muelles. Puede que el apodo, más que un chiste, fuera un deseo de que la ciudad prosperara. La arquitectura siempre ha tenido y tiene un valor de símbolo.

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