Postdata

Rafael Padilla

Cae el disfraz

EL tiempo, ese juez paciente e imperturbable, se encarga siempre de desvelar los engaños y de colocar a cada cual en el sitio que verdaderamente merece. A Zapatero, otrora encumbrado paladín del talante y esperanza ciega de la media España incondicional y genéticamente progre, los años, lejos de ennoblecerle como a los buenos vinos, le empiezan a mostrar su fatídica fecha de caducidad. Han sido demasiados errores, demasiadas concesiones a la demagogia fácil, al cortoplacismo vacío, a la mísera matemática electoral y a la defensa numantina del poder. De un presidente se ha de exigir la inteligencia imprescindible para reconocer los momentos críticos, aquéllos en los que el país cruje, se tambalea y amenaza ruina. En ellos se comprueba su temple, su valía y su grandeza. El viento a favor permite liderazgos distraídos. En cambio, en mitad de la tormenta hacen falta manos firmes, claridad de ideas, sensatez y valentía, capacidad para implicarnos a todos en la difícil gobernanza de una nave, la nuestra, que se nos está yendo a pique.

La gestión socialista de la actual y pésima coyuntura económica da para escribir un tratado sobre lo que jamás debería hacerse. De Solbes a Salgado todo es un monumental disparate. Ese desastre que "se inventaba la derecha" y que, más tarde, cuajaba en una simple desaceleración de la que "saldríamos los primeros", es hoy un caballo desbocado que destroza a galope tendido cuantos logros trabajosamente teníamos conquistados. No es que se derrumbe el estado del bienestar, es que los fantasmas del paro, del hambre y del colapso están llamando angustiosamente a la puerta. Y Zapatero sigue empeñado en inventar soluciones para el próximo cuarto de hora, sigue sonriendo en su necedad suicida y calculando, voto arriba o abajo, lo que le falta para alargar la mamandurria de su reinado.

No es, además, lo único que ha dinamitado tanta impericia. Las consecuencias de su política exterior, digamos que cómica, son ahora patentes: nos han perdido el respeto, nos cobran sin piedad las chulerías, los insultos gratuitos, las memeces buenistas con las que pretendíamos avergonzar y aleccionar al mundo. Ahí, entre Letonia y Grecia, malvive lo que queda de nuestro prestigio. Y de la interior ni les cuento: se multiplican los acreedores que reclaman su trocito de una nación artificialmente fragmentada; proliferan los debates sobre extravagancias sin número que tensionan hasta el extremo las costuras de una sociedad necesitada, en estos gravísimos instantes, de estar y sentirse unida; florecen las ocurrencias -trampas de fullero- que sólo buscan disimular la herida por la que se nos escapan la sangre y el futuro.

Cae el disfraz, resbala la máscara y se adivina un Zapatero minúsculo, iluso, desorientado y desnudo, al que ya no le aguarda más mérito que el de saber arrojar pronta y dignamente la toalla.

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