Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Calderilla

COMO soy disciplinado, he hecho caso a Pedro Solbes y he consagrado parte del fin de semana a "interiorizar" qué es el euro. Bueno, como no quiero engañar a nadie, he de añadir que me he aplicado a semejante tarea pensando también en los beneficios que podría extraer sobre los gastos de Navidad. Ya les contaré. El ministro de Economía, como nadie ignora, ha dicho que una de las razones del incremento de la inflación, que en los últimos doce meses ha superado el 4 por ciento, ha sido que los españoles no hemos "interiorizado" el euro. Solbes, como el maestro de escuela machadiano, ha remachado, como si fuera un estribillo, que "veinte céntimos son 32 pesetas y un euro 166". Exacto. La lección del ministro ha levantado mucha hilaridad. ¿Cómo un asunto tan serio puede provocar risa? El error de Solbes es que ha concentrado su teoría sobre un único caso: las propinas exageradas que los españoles dejamos en los bares y restaurantes.

El ejemplo es y no es bueno. Sí que lo hemos interiorizado. Es verdad que quizá algunos son demasiado generosos y desprecian alegremente las perras junto a la taza vacía del café, pero no creo que la suma total de gratificaciones semanales represente una amenaza para las economías doméstica y nacional. ¿Qué propina hay que dejar después de tomar un café? Si interiozamos mucho el euro, es decir, si nos dejamos llevar por una avaricia estricta, no habría que dejar un céntimo, pero si nos gana la esplendidez de la calderilla, ¿cuánto? ¿Cinco, diez, veinte céntimos? ¿No es más desgarrador el precio que alcanza un café que los céntimos de la propina?

Quizá lo que Solbes ha querido decir es que quienes fijan los precios -los productores, los mayoristas, los minoristas, el petróleo, el Gobierno, etcétera- han desorientado el valor del euro y nos han desorientado a nosotros. Sin ser una fórmula exacta, la propina se calcula sobre el precio del artículo. Y los artículos son los que han reventado y devaluado el euro. Basta convertir en pesetas el precio de una barra de pan, y mirar cinco años hacia atrás, para comprobar cómo la "interiorización expansiva" del euro ha reducido nuestra poder adquisitivo. La "interiorización regresiva", es decir, el ahorro en propinas, tiene poca capacidad para equilibrar el desfase, incluso si suprimiéramos las propinas.

(Hace cinco años entrevisté a un mendigo que presumía de leer los periódicos económicos. Le pregunté por la influencia de la implantación del euro en la economía de los pobres que, como él, pedían en las iglesias. Me dijo que buena, no por la escasa interiorización de la moneda sino la impericia de los feligreses).

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