EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Callejero

ES normal que se retiren los nombres franquistas del callejero de una ciudad. Muchos de esos nombres están asociados con episodios de crueldad y de salvajismo (porque los hubo, vaya si los hubo), y no es justo que personas que justificaron o que alentaron los crímenes tengan dedicada una calle. Cualquiera que haya leído libros bien informados sobre la Guerra Civil en Sevilla, Cádiz, Córdoba o Huelva sabrá de qué hablo. Pero habría que tener cuidado con lo que decimos sobre la Guerra Civil, porque también hubo una guerra civil en Málaga, Almería y Jaén, y allí las cosas ocurrieron de otro modo. Uno de los mejores libros sobre nuestra guerra lo escribió Gamel Woolsey, la mujer de Gerald Brenan. En inglés se llama El otro reino de la muerte (la traducción castellana, no sé por qué, lo cambió) y trata de la Guerra Civil en Málaga. Y lo que cuenta Gamel Woolsey no es muy halagüeño para algunos partidarios del Frente Popular. O sea que, si hablamos de crímenes, conviene recordar que hubo criminales en los dos bandos, no sólo en uno.

El hecho de que muchos republicanos sufrieran una represión injusta y atroz nos hace olvidar que el espíritu de concordia que tanto reclamamos ahora -sin ponerlo en práctica- apenas existió entre los dos sectores más radicales de la derecha y la izquierda durante los años 30. Es cierto que hubo republicanos admirables -muchos- que buscaban la mejora de las condiciones de vida del pueblo y la instrucción pública y los avances sociales, y la memoria de estos republicanos debería ser sagrada en este país. Pero no podemos llevar las cosas demasiado lejos y decir que todos los republicanos fueron admirables, porque no es verdad. Hoy en día, muchos partidarios de la Memoria Histórica llaman demócratas a militantes del PCE o de la FAI, y siento decir, con todos los respetos, que el PCE era un partido que idolatraba a Stalin y que los sindicatos anarquistas despreciaban la democracia burguesa porque la consideraban caduca e idiota. No digo, claro está, que estuviera justificado fusilar a los militantes de estas organizaciones. Pero lo que tampoco podemos decir, así, sin más, es que estas personas fueran demócratas, porque no lo eran. Y si lo hacemos, confundimos una vez más presente con pasado y deseos con realidades, un deporte muy español, por cierto.

Stalin no era demócrata, como tampoco lo eran Durruti ni muchos dirigentes de los sindicatos obreros. Aceptaban la República porque la República impulsó una reforma agraria y una cierta igualdad social -y por desgracia no tuvo tiempo de hacer nada más-, pero eso era todo. El PCE de 1936 no era demócrata. Y por mucho que lloremos al cambiar los nombres de las calles, las cosas no dejarán de ser como fueron.

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