EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Calor

EL director de un centro meteorológico ruso ha dicho que su país está sufriendo la peor ola de calor en mil años. ¿Mil años? Ignoro si había hombres del tiempo en el siglo XI, pero suponiendo que los hubiera (imagino que tal vez podría serlo algún monje aficionado a la astronomía y la botánica), me pregunto con qué instrumentos podrían calcular la temperatura. ¿Medirían con un reloj de arena el tiempo que tardaba en congelarse el bigote de un vikingo? ¿O dejarían al sol una ramita seca y contarían las horas que pasaban antes de que empezase a arder? Cualquiera sabe.

En realidad, el cálculo de la temperatura es un invento muy reciente. El primer termómetro de mercurio lo descubrió Fahrenheit en 1714, y la medición en grados centígrados fue obra de Celsius en 1742, pero estos inventos no se usaron en los registros oficiales hasta bien entrado el siglo XIX, o sea que sólo podemos hacer cálculos fiables de máximas históricas con un margen de unos 150 años. Es cierto que los científicos pueden calcular la temperatura remota de la Tierra haciendo mediciones en los estratos de hielo, pero el cálculo es siempre aproximado. La tecnología adecuada apenas lleva medio siglo en funcionamiento.

De todos modos hace mucho calor. Escribo esto sudando, y estoy en un lugar de la costa andaluza donde no suele hacer calor, o donde sólo suele hacer un calor tolerable. El calor de estos últimos días ha sido excesivo, y los incendios en Rusia y las inundaciones en Pakistán y la India -y en tantos otros lugares- nos demuestran que está pasando algo muy raro con el clima. En Andalucía hubo una terrible ola de calor en el año 2003, y antes hubo otra -más terrible aún- en el año 95. Lo inquietante es que esas dos olas se repitieron a intervalos muy cortos, y aunque hay que ser muy cauto con las mediciones, parece innegable que se está produciendo un calentamiento global, por mucho que algunos científicos se nieguen a aceptarlo.

Y para empeorar las cosas, los habitantes de los países ricos hemos ido desarrollando una mayor intolerancia hacia el calor y el frío. Que yo recuerde, ningún coche tenía aire acondicionado hace veinte años. Y hasta 1980, más o menos, no vi el primer equipo de aire acondicionado en una casa ni en un edificio oficial. Ahora, en cambio, casi no podemos concebir la vida sin el aire acondicionado, y eso ha alterado por completo nuestra relación con las temperaturas. Hace cien años todo el mundo sabía que el calor y el frío eran condiciones inalterables de la vida, lo mismo que el sufrimiento o la mala suerte, lo mismo que las tormentas de pedrisco o las fases de la luna, lo mismo que la lluvia o la sequía. Ahora, por supuesto, ya nada es así, y nos atrevemos a decir que una ola de calor es la peor en mil años. ¡Mil años!

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